Se abren las Puertas del Infinito. Una brisa otoñal cabalga sobre rostros recién llegados, desplegando coronas de cabello hacia el lado opuesto del destino. Un paso lento tras otro, cada uno abruma de inspiración. La existencia se acaba por momentos, instantes que jamás se repetirán de la misma manera. La Puerta se cierra tras miles de espaldas iluminadas por el brillo de las ideas; nada se ve: el mundo es demasiado puro para mancharlo con el color de la carne. Una mano se adelanta pretendiendo ser bienvenida en un mundo extraño. De repente la luz se apaga, quedan velas en un parpadeo inconcluso. Sigue todo borroso, pero la pureza ha acabado, sólo queda el viento. La existencia se apaga en su totalidad, quedan almas desnudas irradiando sentimientos reprimidos. En eso las ánimas comienzan a divagar en su nuevo existir, a divulgar su propio mundo. Ahí donde ya no habrá gris cenizo inundando sus corazones de grava, con gran cautela, con tal quietud, que sólo se siente el peso cuando se está ante las Puertas del Infinito, ante el Silencio. |
15 de junio de 2006
UN SEGUNDO DESPUÉS DE MORIR
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
8:15 p.m.
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Huellas y charquitos
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