Me dirijo a la fuente de energía. No es la actividad más emocionante, ni el momento más apasionado de mi trabajo; al menos después de cambiar unos cables de la sección de cines podré irme a casa y dejar el turno al velador de la tarde. Parece que fue el de la compañía de luz, que al checar el estado del equipo arruinó unos cables. Todo el tiempo pasan estas cosas, no sé qué diablos harían sin mí. Llego al cuarto, un hedor a humedad bloquea mis sentidos un instante, pero también a eso estoy acostumbrado. Hay que bajar la palanca de energía un momento, revisar los centros de carga y tal vez cambiar unos cables; cuestión de segundos y todo vuelve a la normalidad. Bajo la palanca y el cuartito queda en tinieblas, saco mi lamparita, la cual me doy cuenta debí recargar antes pues parpadea. El centro de la sección uno está perfecto, sigo con mi corta visión el cable que lo une con el centro de carga de la sección dos y localizo los cables quemados. Corto cables y busco en mi bolsa de herramientas los repuestos y la cinta de aislar. Todo parece estar en orden. Me dispongo a reactivar la energía, jalo; al tiempo que se enciende la luz se escucha una ligera explosión dentro del centro de la sección uno. Con fastidio me percato que corté los cables equivocados, culpa de la mierda de lamparita. La luz vuelve a apagarse, olor a quemado y de pronto un estruendo de turbinas llega de afuera, silencio y en segundos empiezan los gritos. No termino de salir de mi petrificación, cuando empiezo a digerir lo que ha sucedido. Al tiempo que sube un fuego de mi estómago hacia mi pecho, advirtiéndome de una inminente gastritis, estoy casi seguro que mi corazón se detuvo para dar paso a una ráfaga de semi-certezas que azotan mi cerebro conforme voy comprendiendo hasta qué punto acabo de cagarla. Ante todo se presenta la cara desagradable de mi jefe degradando mi puesto, otros tres años encerando el piso antes de volver a conseguir un ascenso; mi esposa mandándome a dormir al sofá porque nos van a quitar el apoyo escolar para los niños; los desgraciados niños burlándose de mí porque saldré otra vez todos los días con mi ridículo uniforme café-cartón de conserje con el que parezco barril. Reacciono, dentro del centro comercial hay una ferretería, sólo tengo que correr a pedirle al encargado dos fusibles extras y todo estará salvado. Dando tumbos logro salir del cuarto para encontrarme con una penumbra de boca de lobo y el sonido enloquecedor de pisadas de cientos de clientes tratando de salir, gritos, vidrios rotos. ¡Maldita sea mi suerte! Seguro ya empezaron los motines, ahora ni de recogedor de basura me van a contratar, ni en este ni en ningún centro comercial a tres ciudades a la redonda. Empiezo a sudar frío de la conmoción, pero atino a darme un golpe en la sien y empezar a correr por la oscuridad: es la única forma de salvar el empleo, carajo ¡hasta el matrimonio voy a perder por esta estupidez! No todo está perdido, a ver, la ferretería está al fondo del pasillo B, local 213 ¡Ya está! Vamos, conozco este lugar de memoria, no necesito de luz para hallar mi camino...Tropiezo con algo, o más bien alguien porque siento una mano como culebra merodeando mis pantalones por la zona de la cartera. Pego un grito y me dispongo a continuar la empresa cuando siento un golpe tremendo en mi pie derecho. No tengo más opción que agacharme y sobar el área, por el tacto adivino que alguien del segundo piso está arrojando macetas. Esto se pone peor, la siguiente imagen en mi cerebro es un mes de cárcel por causar actos anarquistas. Así, cojeando patéticamente y tropezando cada dos pasos, con todo el cuerpo adolorido, después de 20 minutos logro llegar a la mentada ferretería; que por supuesto, está vacía y a oscuras. Palpo todo lo que encuentro en las paredes, buscando una caja mediana que contenga algo redondito: tornillos, rollo de cable, desarmadores, ¡fusibles! -¡Lo tengo!- grito victorioso. Sólo falta correr y más moretones hasta la fuente de energía. Casi al llegar tropiezo con una señora y me corto la ceja con unos vidrios, mi hazaña no podría ser más heroica, estoy seguro que aún no pasa una hora, aún puedo salvar mi empleo. Abro azotando la puerta, respiro con satisfacción la humedad y con dedos ciegos y temblorosos reparo los cables, cinta de aislar, me quemo los dedos sacando los dos fusibles arruinados, instalo los nuevos, contengo la respiración y subo la palanca de energía. Otra vez el estruendo de turbinas y mi corazón vuelve a la latir. Abro los ojos: de nuevo hay luz. Ahora sólo hay que encontrar la forma de culpar al velador de la tarde. |
13 de septiembre de 2006
El Mal Agüero y sus Soluciones
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
6:06 p.m.
1 Huellas y charquitos
15 de junio de 2006
UN SEGUNDO DESPUÉS DE MORIR
| Se abren las Puertas del Infinito. Una brisa otoñal cabalga sobre rostros recién llegados, desplegando coronas de cabello hacia el lado opuesto del destino. Un paso lento tras otro, cada uno abruma de inspiración. La existencia se acaba por momentos, instantes que jamás se repetirán de la misma manera. La Puerta se cierra tras miles de espaldas iluminadas por el brillo de las ideas; nada se ve: el mundo es demasiado puro para mancharlo con el color de la carne. Una mano se adelanta pretendiendo ser bienvenida en un mundo extraño. De repente la luz se apaga, quedan velas en un parpadeo inconcluso. Sigue todo borroso, pero la pureza ha acabado, sólo queda el viento. La existencia se apaga en su totalidad, quedan almas desnudas irradiando sentimientos reprimidos. En eso las ánimas comienzan a divagar en su nuevo existir, a divulgar su propio mundo. Ahí donde ya no habrá gris cenizo inundando sus corazones de grava, con gran cautela, con tal quietud, que sólo se siente el peso cuando se está ante las Puertas del Infinito, ante el Silencio. |
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
8:15 p.m.
18
Huellas y charquitos
20 de abril de 2006
Tanteos nocturnos
Ya no pienses, busca. Algo encontrarás en los rincones del inconsciente. Recorre, escarba, ilumina trasfondos, arranca velos. No lleves cuenta de tus pasos, no te fijes por dónde; no te puedes perder. No te detengas, ni voltees a ver la sangre si tropiezas, sigue. |
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
5:13 p.m.
6
Huellas y charquitos
16 de febrero de 2006
¿Porqué no tengo novia?

Tratamos de hablar. Lo aguanté largamente escupiendo en mi cara cada vez que pronunciaba la "f" y la "s", dándome de nuevo razones estúpidas. Cada vez que llega tarde me encoge un poco. Es aún peor cuando se distrae para mirar a la chica atractiva que de cuando en cuando pasa por su lado; aunque tenga caras distintas, cuerpos distintos, siempre es la misma: se llama "Perfecciónquenotengoyo", aparentemente él tampoco la tendrá nunca. Hay un límite para llegar tarde, para mirar nalgas, para mentir; siempre lo hay, tal vez a partir de hoy no lo volveré a tolerar.
Ella no entiende (ni nunca entenderá), lo difícil que es tenerla contenta. Ya casi nunca está contenta de hecho. ¿Pero qué quiere que haga? Sí, soy impuntual, tal vez no lo sería tanto si ella no escogiera precisamente las horas de nuestras citas temprano en la mañana o justo en medio del único programa de televisión que verdaderamente disfruto ver. Qué importa si es un programa estúpido y no me deje nada, he crecido con él y no pienso perdérmelo siempre sólo por llegar al cine a ver una película que en realidad no quiero ver, o a sentarme en un café a ver pasar gente. El colmo es que me recrimine que vea demasiado a algunas de esas personas que pasan.
A veces pienso que nunca podremos llegar a comprendernos. Siento como si odiara hacer lo que yo quiero hacer pero él nunca propone nada. Si tanto le gustan esas otras que pasan debería irse con una, estoy segura que esa también terminará por llevarlo al café o al cine, o peor, le hará gastar dinero e ir por ella todos los días a su casa. Más bien debería agradecer que yo no soy tan interesada, que lo quiera tal y como es (excepto por esa ligera lluvia de baba cada vez que habla con prisa).
A fin de cuentas ¿qué demonios quieren las mujeres de los hombres? Al principio todo era miel, hasta logré que disfrutara besarme a pesar de mis braquets. Podíamos hablar de cualquier cosa ¿o no? Realmente la única diferencia entre ser novios y amigos era el sexo. Pero ahora ni siquiera eso sucede sin que haya alguna recriminación. Como si me equivocara en todo maldita sea, ahora ya no hablamos de nada que no sea la idiotez que cometí en algún momento del día. Tampoco podré entender nunca cómo es que las mujeres logran decir tanto en tan poco tiempo: me da unos cuantos segundos de pausa para responder a sus reclamos de horas y por supuesto, con lo poco que se me ocurre bajo tanta presión, sus labios aumentan al triple su velocidad en el siguiente tiroteo lleno de furia porque respondí puras incoherencias.
Me acuerdo de los primeros días: se hacía el difícil, me hacía la difícil. Qué delicioso era el coqueteo, ojalá nos hubieramos quedado ahí para siempre: rozando nuestras manos, mirando uno al otro sin que se diera cuenta, luego el cruce de nuestras miradas tan repentinamente que no nos daba tiempo para descubrir el exceso de segundos que habían pasado sin apartar los ojos de sus ojos. ¡Esa mirada! Tan capaz de desnudarme, de traspasar mi cuerpo y escrutarme el alma, por lo menos así se sentía. ¿Porqué ahora ni siquiera puedo recordarla con exactitud? ¿Será que hace tanto tiempo que no me mira así? Pero así mira a las otras. Malditas sean, a ver si la que sigue le aguanta que vea "Gilmore girls" todas las tardes.
Me acuerdo que al principio antes de reclamarme porqué llegaba tarde, me preguntaba qué había pasado, con esa carita de preocupación tan bella que sólo las mujeres son capaces de hacer. Hasta se interesaba por mis anécdotas de lo que había hecho antes en el día y lo que me molestaba de algunas personas que se cruzaban conmigo. Algunas veces hasta se olvidaba de que estaba molesta, incluso olvidaba el café, el cine, podíamos sentarnos en cualquier plaza o caminar por las calles, entre la gente extraña, sin callarnos y sin dejar de oírnos. No había más que ella, más que su plática en el aire y en el mundo entero. Mis amigos se burlaban mucho de mis cambios de voz cuando ella era parte del tema de conversación, en el fondo tenían un poco de envidia porque yo estaba enamorado... Cursi de mí. Ahora que la oigo gritarme (otra vez) empiezo a comprender porque mi amigo Jaime (el que dibuja comics) siempre dibujó a mi novia con un látigo en la mano.
Lo que fue el colmo fue cuando me llevó a ese bar apestoso a conocer a sus amigos. Me dejó hablando con el más bruto, mientras él se iba con otros dos a ver quién sabe qué revistas. ¿De veras no se darán cuenta los muy idiotas de lo incómodo que es ser la única mujer en una mesa y que el tema de conversación sea el escote de la mesera? ¡Ah! No sé qué me impidió ahorcarlo ese día, aunque se mantuvo callado todo el tiempo, estaba viendo también a la mesera; y luego a mí, como si yo no me fuera a dar cuenta. Por supuesto que no íbamos a volver a salir con ellos y mucho menos al bar con la mesera del escote. ¿Qué tiene de malo que a mí me guste ir al cine? Hasta me dio risa cuando se enojó porque sonreí en una película cuando salió el trasero de Antonio Banderas ¿creyó que no noté que el estaba viendo los senos de Angelina Jolie?
El único día que yo propuse el lugar, se puso como furia porque mis amigos son demasiado sinceros. Cuando lo volví a proponer, con toda la intención de demostrarle que el lugar era bonito para estar solos y platicar, se molestó y se puso a llorar reclamándome que yo sólo quería ir por la mesera. Con lo rápido que se puso a hablar no me dejó ni decirle que la tal mesera es mi prima segunda, pero nos caemos demasiado mal como para saludarnos en público. ¡Está bien! Me gusta voltear a ver a las mujeres, me gusta como caminan y pues sí, soy hombre, ella no se tapa los ojos cuando ve pasar un hombre guapo. Lo malo es que cuando me atrevo a decir mis argumentos se pone a llorar y entonces sí no sé ni que hacer, luego dura demasiado, me aburro (¡no puedo evitarlo!) y pues...empiezo a ver otra vez a la gente alrededor, entonces ella llora más fuerte. Me dan unas ganas de echar a correr cada vez que hace eso. Aunque me duele verla llorar, ojalá pudiera hacérselo saber de algún modo que no representará tanta complicación.
Pareciera en verdad que no me conoce. ¿No sabe que odio que llegue tarde porque siento que ya se olvidó de que estoy esperando? Por mi cara todos se dan cuenta, creen que "alguien" me dejó plantada y la gente empieza a verme raro. Es tan obvio, él sabe que soy muy sensible, debería suponer lo que siento cada vez que tengo que esperarlo más de quince minutos. Ya ni siquiera tengo ánimos de verlo cuando llega, sólo me dan ganas de echarle en cara todo el sufrimiento que me hizo pasar y explicarle qué humillante es que la dejen plantada a una. Él no contesta nada, por lo menos nada que tenga que ver, me da excusas y cuando las oigo enloquezco y recuerdo, como un suspiro, como un ligerísimo piquete en los brazos, cómo antes no pasaba esto, lo que se sentía verlo llegar. No puedo evitar que se me salgan las lágrimas de los ojos, ¡cuánto lo odio! no sabe, no ve que mi llanto es un grito claro y fuerte de que necesito que me abrace fuerte y me diga lo estúpido que es pelear todo el tiempo, que en el fondo nos queremos más que al principio ¡No! En vez de eso se desespera y empieza a sudar, me da palmaditas en los hombros como si fuera uno de sus amigotes; y luego ¡se harta y empieza a ver alrededor otra vez! ¡Es para matarlo!
Mis amigos tienen razón: No tengo porqué dejar que me grite todo el tiempo. No tiene ni caso explicarle nada, de todas formas me seguirá gritando porque estoy harto de ir siempre a los mismos lugares. Ya no quiero pasar por lo mismo porque sé que no voy a saber qué contestarle. Será mejor terminar con ella y esperar que el destino no sea demasiado cruel y no me haga esperar demasiado en celibato y castidad. La verdad no me gusta estar solo, ¿ y para qué negarlo? voy a extrañar estar así con ella, se ve tan linda dormida. Pero todo es cosa de que despierte y salgamos del cuarto para que todo se arruine y se empiece a quejar por todo y yo no entienda nada. Nunca me voy a acostumbrar: todas las mujeres son iguales.
¿Y si justo ahora rompo a llorar qué va a hacer? Seguro se harta y me deja por otra el muy ingrato. Si ya sé que nunca ve todo lo que hago por él: cuánto lo he esperado sola, cuánto tardo planeando nuestras salidas o alguna conversación, cuánto me esmero en elegir mi ropa y arreglarme para que no pueda quitarme la mirada de encima y no tenga que mirar a nadie más. ¿Será tan idiota para no adivinar que a veces sólo me bastaría que me dijera que le gusto y que me quiere? Pero no se lo voy a decir, si no se dio cuenta él solo del porqué me enojo y lloro es porque no le importo, ni me conoce. Y por su culpa vamos a terminar justo hoy: porque es un bruto y sólo le importa el sexo. La verdad todos los hombres son iguales.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
12:38 a.m.
10
Huellas y charquitos
16 de enero de 2006
A donde vamos todos

Hay un lugar perdido de todo tiempo y espacio,
es tuyo, de nadie más; pero yo podría imaginarlo.
Es una colina verde como sólo las conocen los viejos escoceses,
floreado de rosas y jazmines, con grandes robles y pinos
sombreando cada cabaña de madera.
El viento perfumado trae cada hora una melodía:
Bach en las mañanas
Beethoven por las tardes
y al anochecer, cuando despunta la melancolía
cae Chopin junto con recuerdos vueltos lágrimas.
En las madrugadas, el canto de las golondrinas te impide dormir,
les compartes segunda voz tocando flamencos en tu guitarra
y las notas vuelan lejos de tu propia estancia tibia, hasta posarse
en las camas de quienes te acompañan en tu colina: primos, padres, amigos
que desde el sueño a punto de morir sonríen,
ya no tienen porqué extrañarte, ahora estás con ellos,
te tomaron de las manos llevándote hasta ese sitio donde te ayudan
a que paso a paso vayas creando cada mañana.
Pero esas notas viajan más lejos, hacia el tiempo, hacia lo gris,
penetrando en los oídos de los que visten de negro, los que todavía te añoran;
escuchan agitarse los ecos de tus cuerdas y se vuelven opacos sus rostros.
No imaginan tus cabañas sumidas en el pasto húmedo,
ni tus labios con aliento a chocolate, exhalando humos de tabaco exquisito,
sonriendo, siempre sonriendo, ya no hay dolor ni cadenas, la fe existe.
Entre voces de soprano y paisajes divinos, nadie se imagina que también a ti
alguna tristeza acongoja, varias caricias se ausentan de tu corazón,
te hacen estar incompleto en plena cúspide de tu dicha.
En esos momentos solitarios con el sol desapareciendo entre tus montañas,
entre sorbos de expresso te sientas y aguardas.
Esperas no aguardar demasiado, esperas de nuevo esas manos sobre las tuyas
labios con labios y pasteles tostados; risas y cuentos de aventuras,
tantas pupilas que no pueden verte, tantas caricias que no puedes dar.
Te quiero imaginar sonriente, esperando completarte,
mientras yo visto oscuro, entre bocanadas escucho tu voz, entre un suspiro y otro,
entre vagos recuerdos, escurre una lágrima
para que sepas que yo también te espero.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
5:00 p.m.
5
Huellas y charquitos
16 de diciembre de 2005
NOCHE METROPOLITANA

I
Salió de su nudo de pensamientos cuando se dio cuenta que la noche lo comenzaba a rodear. Un suspiro finalizó la espiral en su mente y también sus pasos. Pero al levantar la cabeza descubrió que era incapaz de volver a su casa: se perdió en ideas sin percatarse que sus pies también se estaban perdiendo. Los murmullos de la gran metrópoli nocturna empezaron a acorralarlo: el grito agónico de un gato, el chasqueteo de un metal indefinible, el crujir de las hojas secas al ser pisadas y susurros, miles de susurros graves que crecían conforme la luna se iba posando justo sobre la cabeza del perdido, que ya se invadía de un miedo que le dejaba absorto.
II
Nicolás era una persona simple. No tenía mucho dinero, siempre distanciado de sus padres, casado, dos hijos, casi ningún mied; hombre de rutinas. Enmarañado en la ciudad que protagonizaba su vida, se ocultaba su único temor real. Con poco raciocinio, Nicolás leía el periódico todas las tardes. Se interesaba particularmente en asesinatos, secuestros, corrupción, y demás crímenes espantosos que se daban lugar tan cerca de su pequeña vivienda. Le impactaban demasiado las fotografías de las víctimas, él mismo perdía la cordura ante el hecho de ser víctima de un pequeño accidente casero.
A su punto de vista la sangre era su mayor defecto como ser humano, exhibía tan grotesco paisaje: roja, viscosa, salada y metálica; apestando a piel podrida y coagulándose cínica después de un rato. Por eso Nicolás era muy cuidadoso y pasivo, rara vez sufría algún accidente que pudiera revelar este líquido que tanto odiaba. Su vida era un pacífico y continuo hábito.
La paz terminó abruptamente un día en que su esposa pidió el divorcio. "Nunca hay dinero", "Me ignoras a mí y a tus hijos", "¡Ya me cansé!”. Ecos en la cabeza de Nicolás, a comparación de lo que sintió ante esa primera frase: "Quiero el divorcio". Cierto, el hombre era desatento con su familia; había pasado por alto los cambios y seguía tratando a sus hijos como niños y a su esposa como si existiera entre ellos un chambelán invisible. No los conocía, pero eso no significaba que no los amara, o mejor dicho, que no los necesitara. La esposa y los niños formaban parte de la estabilidad de su vida. Eran el despertar temprano, llevar niños a la escuela, comida a las tres en punto, ayudar a recoger la mesa, paseos callados y cortos, sueño frío a las nueve del lado izquierdo de la cama matrimonial. Tradiciones un poco egoístas, que revelaban esa imagen de familia como parte esencial de su mundo tranquilo.
No se podían ir, así lo decidió Nicolás, no estaba listo para renunciar a sus costumbres de esposo y padre, no estaba listo para enfrentar semejante soledad. Él tan callado y ahora que tenía que decir tantas cosas no sabía cómo. Se exasperó por no poder hablar. Comenzó a tirar sillas y a llevarse las manos a la cabeza, después pegó un grito que mató cualquier silencio. Su esposa cayó al suelo asustada. Él mirándola sin poder llorar del miedo. Calma, su esposa no se iría al menos dentro de varias horas, en lo que hacía sus maletas y las de los niños. Nicolás se puso su bufanda y salió a las calles cubiertas de polvo, esperando hallar de nuevo la serenidad.
Caminaba demasiado veloz para contener jadeos, sus pasos se le escurrían en los tímpanos y el eco de éstos sustituía los latidos de su corazón agitado, tornándose en un poderoso golpeteo que privó a Nicolás de todos sus sentidos, sobretodo de la orientación. Así pasaron horas enceguecidas por el furor, que poco a poco iban mermando una especie de respuesta, una aparente esperanza.
III
Muy pronto el temor y los ruidos comenzaron a subirle a Nicolás hasta los ojos dejándolos a punto de saltar de su rostro. Comenzó a sudar, escurrían densas gotas que le helaron el cuello y la frente. Los murmullos se transformaron en sombras, se aproximaban al claro de luna donde Nicolás se hallaba empapado en una nueva concentración de todos sus temores. Pero el mayor de todos salió entonces a la superficie: la sangre comenzó a fluir dentro de recuerdos de tantas fotografías que consumió en los periódicos. Se vio a sí mismo dentro de una de ellas, consumiendo su propia desgracia como un gran morboso que mira hasta embriagarse las imágenes más grotescas. Sintió pavor de esa repentina idea de sí mismo, sintió asco y desesperación por volver a la calma que tanto añoraba. Y fue en su misma angustia, que Nicolás comenzó a correr como fugitivo, sin fijarse a dónde. De pronto tropezó con un peldaño oculto entre las hojas, Nicolás fue a estrellarse contra una botella rota y su brazo se enganchó en ella. La sangre escurrió con rapidez, con energía, y en cantidades que no permitieron al hombre asimilar la simpleza de una herida. Comenzó a oler la piel podrida, percibió la viscosidad. Era su propio líquido el que se derramaba y él estaba demasiado pasmado para detenerlo. Impresionado, ahogado en pavor, se olvidó de respirar, y en el espasmo su corazón se olvidó también de latir.
Ahí pereció Nicolás, en un patético charco de sangre podrida en temores e inmortalizada por la página roja del periódico al día siguiente.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
2:47 a.m.
4
Huellas y charquitos
28 de noviembre de 2005
Un día no es como todos

Un día no es como todos,
un día tropiezas con los años
y caes al tremendo vacío del descuido,
de lo irreversible.
Perdiendo la mente,
pierdes toda esencia
Los gritos te desvanecen,
sonidos estridentes,
arde el cuerpo,
la cama es prisión,
barrotes de agujas y tubos
que te cubren de violeta
No entiendes nada,
no distingues nada,
tu lengua ya no te responde,
escuchas sin reconocer.
Te hieren luces de rostros difusos,
mientras tu cabeza juega
a confinarte en recuerdos-pesadillas
Así tu vida se transforma
en ausencia errante
de toda identidad,
rutina del día anterior:
Olvida fugaces dedos
virtudes y privacías.
Olvida que tus rodillas son más
que candados y ramas tiesas.
Olvida todo menos escuchar
los recuerdos más lejanos,
en melodías y dulces pasiones
Pero sobretodo olvida tu fe,
que sabías que te amaban.
Olvida el tiempo.
Olvida el día blanco
preso de escalofríos,
cuando aún creías
que mañana todo sería igual.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
3:33 p.m.
6
Huellas y charquitos
29 de octubre de 2005
Intuiciones
Estaba él sentado, esperando sin saber qué. El parque le acompañaba, con su viento, sus hojas, su desolación. Hasta los perros se olvidaron de ir a husmear la basura. Parecía el mundo entero girar alrededor del hombre.
Había decidido usar corbata y pantalón gris para verse distinguido, sombrero verde entre los dedos para darse un toque humorístico, y tendido a su lado, paciente, un chaquetón en vez de saco, quizá para no parecer viejo. Respiraba lento, mirando a ambos lados, manteniendo el rostro apacible, seguro que lo esperado aparecería pronto.
-Ella vendrá.- decía. Quién sería “ella”, ni él mismo estaba seguro. Sólo sabía, que al terminar la jornada laboral había tenido un presagio: debía esperar en alguna banca del parque, algo, no sabía qué. Supuso que con tal ambientación la espera traería una mujer, esa que ansiaba desde hacía tanto tiempo.
Hasta la imaginaba: natural, alegre, con tacones resonando en las piedras, o sin tacones, usaría mocasines; se reiría de la corbata y lo convencería de no volverla a usar nunca; notaría el sombrero, recordando noches de danzón y moriría por revivirlas con ese hombre de chaqueta tan juvenil ¡Qué bonita será! Y cómo la querrá él.
Hablaba en voz alta, con sus manos, sus pies, sin darse cuenta; pasaban las horas y nadie llegaba, sólo la noche.
Hizo frío y el hombre se puso el chaquetón. Su cara comenzaba a transformarse en melancolía, sin embargo seguía firme la intuición en su mente: algo tenía que ocurrir. Ya se sabe que los presagios suceden siempre por una razón, y bajo ninguna circunstancia se deben ignorar, aunque sólo causen la ruina.
El hombre empezó a preguntarse con timidez, si no estaría protagonizando una de tantas historias donde la espera se vuelve una vida. Qué aburrido, otra vez, uno más que se ilusiona en vano y lo único que llega es su triste final. Analizó detenidamente la posibilidad de abandonar su puesto y regresar al mundo real, donde los presagios no son más que fantasías de un viejo abandonado y triste o de una mujer de expectativas frustradas; quizá fuera una de esas la que vendría hoy a su encuentro.
Resoplando con cada vez más desesperación, consultando al cielo en busca de la hora, el hombre no se dio cuenta que alguien ya se había sentado a su lado. De repente sintió la tibieza de una respiración sobre sus manos. Se volteó, sorprendido: sobre su regazo había instalado medio cuerpo una gata amarilla y gorda que lo miraba con ojos entrecerrados. Gata de viuda, pensó el hombre.
Tomó al animal y lo alzó sobre su pecho, la gata comenzó a ronronear apoyando suavemente una de sus patas en la mejilla del hombre.
-¿Eres tú lo que vengo a buscar? ¿O vienes a esperar también?
Optó por lo segundo, dejó que la gata se sentara a su lado y aguardaron juntos; ésta, como si hubiera entendido la misión, paró las orejas y se puso a escrutar el parque.
Pasada otra hora, cayendo el ocaso en noche cerrada, el presagio del hombre comenzó a tornarse en sabia preocupación: No era prudente quedarse tanto tiempo y tan tarde en un lugar solitario; vaya, después de todo sabrá Dios cuánta gente descarrilada vendría a importunarle con asaltos, o incluso a hacer cosas raras en el refugio de la oscuridad. Además, quién sabe si a su mujer perfecta le gustarían los animales, quizá de ver a la gata se habría alejado sin siquiera dirigirle una mirada a él
El hombre miró a la gata con recelo, ésta dormía. Un prolongado suspiro del hombre la despertó. Los dos se miraron: ella con un maullido perezoso, el hombre con resignación. Arqueó las cejas y suspiró como rendido.-Bueno- dijo poniéndose de pie con la gata en brazos, -¿quién dice que esto no era un presagio? A lo mejor ni eres gata de viuda, quizá el viudo soy yo y tú eres la mujer que yo he estado anhelando, la mujer de mi vida que compartirá todo conmigo y me será fiel por el resto de sus días. Habrá que conseguirte tu cajita de arena
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
1:41 a.m.
2
Huellas y charquitos
17 de octubre de 2005
QUIMERAS
a tus manos tristes. porque se han convertido en hojas. |
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
10:33 p.m.
4
Huellas y charquitos
15 de octubre de 2005
Guerra de pintura
El llanto borra mi rostro, |
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
7:07 p.m.
0
Huellas y charquitos
10 de octubre de 2005
Penosa urbanidad (en colaboración con Alfredo Carrera López)
![]() |
- ¡Pamela, apúrate que si no nos vamos ahorita ya no llegamos!Ay estos viajes en microbus... Nomás de pensar en el gentío parado impidiéndole a una el paso, los viejos con la mano esperando a ver qué agarra entre empujones; y el maldito calor. El animal metálico a grandes velocidades, sin importarle los que vienen y van dentro por las sacudidas. Terriblemente necesario irnos en ellos, otros medios son más lentos.Aunque lo peor es ir sentada. Casi parece montaña rusa, hasta termino con las nalgas hinchadas: de puro bache despegan varios centímetros para ir a rebotar violentamente en el asiento, azotando con los demás alrededor. Un camión sin amortiguadores, a punto de doblar una esquina, que vuelve a arrastrar dolorosamente el trasero. Deberían saber esos choferes de todos los diablos, que el cuerpo tampoco tiene amortiguadores para aguantar semejante licuadora humana. Pero en fin...¡Apúrate Pamela que se nos va el camión y tiene todavía dos asientos vacíos atrás!
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
12:16 a.m.
2
Huellas y charquitos
9 de octubre de 2005
VENTANAS (en colaboración con Alfredo Carrera López)

En toda mi casa hay ventanas. Las hay más en casa de mis abuelos y muchas más en casa de mi amigo Santiago. Todas están enmarcadas en madera de roble, con grandes barrotes de metal en cada hoja, tal vez para que los de afuera imaginen que somos prisioneros, o para que observen todo cuanto ocurre dentro. A mí me gustan las ventanas abiertas, no estas prisiones que simulan ser casas. A veces me da por sentirme demasiado enclaustrado, casi enloquecido recorro la casa a gran velocidad abriendo todas las ventanas. A Santiago le molesta mucho que haga esto, dice que su casa no es para correr, sino para estar y comer y dormir. Su madre se ríe de mis desplantes pero él se enoja. Yo creo que a Santiago no le gusta el aire exterior, piensa que los vidrios son parte de una muralla que protege celosamente lo que es suyo, sobretodo el viento de su propia respiración. Alguna vez me contó que cuando era pequeño, vivía en otra casa con ventanas grandes, se aventó tratando de coger un pájaro de plumas muy rojas. Ell ave levantó el vuelo pero Santiago ya estaba fuera del edificio, respirando vertiginosas bocanadas del aire que separaba su ventana de la tierra, tres pisos más abajo. Afortunadamente cayó sobre un lodazal, pero se rompió varios huesos. Dice su madre que por eso tienen ahora barrotes todas las ventanas, teme sobremanera otro accidente parecido; a pesar que Santiago tiene ahora más de 20 años. Yo entiendo el miedo a un accidente, pero me parece que existe otra razón más secreta para que Santiago se encierre así. En cambio, en mi casa es muy distinto: cuando empiezo a correr para abrir ventanas, mi madre grita corriendo tras de mí, cerrándolas todas de nuevo. Piensa que corro a suicidarme. No entiende que soy más feliz creyendo que los barrotes están por ella y no para mi resguardo. |
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
11:26 p.m.
0
Huellas y charquitos
20 de septiembre de 2005
Semblanza de un encierro
y volar en vez de ahogarme en el llanto de mis alas tiesas. Deberías entender que por dentro llevo metales oxidados apresando mi vista en soledad. Ojalá no ardiera la lejanía del viento, para oler diluvios que me ofrecieran una voz en vez de una visión tan desolada. Quisiera que las ventanas se abrieran, para sacar la mitad del cuerpo y agitar los brazos, cerrar por fin los ojos que el cierzo congele los párpados, descansar en el abandono del vértigo. Ojalá pudiera evitar los sueños desde esta cáscara marchita; patear los muros y huir con la obstinada lentitud de quien busca otro escondite. |
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
12:50 a.m.
0
Huellas y charquitos
13 de septiembre de 2005
Caminito de la escuela, apurandose a amargar
Un día no como cualquiera, uno recarga su mochila, se la echa a los hombros, pesadamente; y echa a andar hacia ese penoso lugar, que como pocos tiende a hacernos perder el tiempo. Uno procura llegar de buenas, al fin y al cabo es la rutina diaria durante aproximadamente 24 años de la vida, quizá más. La sonrisa dura el tiempo de unos cuantos saludos familiares, una decena de bocanadas y unos minutos de conversaciones triviales. Aparece la primera controversia: no hay maestro, primera hora y media del día que podemos tomar como tiempo tirado al retrete. Pero hay que quedarse, faltan dos clases aún. Segunda controversia: aparecen todas esas personitas que preferiríamos no volver a ver. La sonrisa se torna en esa mueca entre repulsión y aburrimiento que decora nuestros rostros todos los días escolares. Tercera controversia: el salón es diminuto, y la gente: un chingo; nos tocará estar bien juntitos a todos (sobretodo porque nos queremos tanto), repirando nuestra sofocante mezcla de alientos en salón cerrado y contagiandonos de cualquier enfermedad que esté presente en cualquier compañerito. Imposible evadirse. Imposible no verse las caras. Imposible no hablarse. Mejor uno intenta llevarse bien con cuantos sea posible, no es tan malo, la mayoría tiene algo que decir, por muy poco. Sin embargo tras el primer intento de clase (que consiste en presentaciones inútiles y aclaraciones bastante obvias, que por lo general son otra pérdida de tiempo), después de poco minutos el encierro y el tedio, congelan la concentración y se vuelve todo un espejismo de pensamientos varios -o dormir despierto, como usted prefiera llamarle-. Observas una cara, la más odiosa, descubres con qué facilidad llega la indiferencia tras cierta lejanía; pero ahora, ante ti, tan repulsivamente cerca, es inevitable prestarle alguna atención. Y dentro del sopor académico llega una ola infecta de recuerdos horrorosos, la mayoría sepultados por conveniencia. De ahí se llega a la vergüenza-odio-rencor que uno tan afanosamente había superado, o no, realmente sólo estaba escondido por ahí. Después de ese lapso de repulsivo reencuentro con viejos odios, regresas a la clase, y con una certeza ineludible te das cuenta que esa cara estara ahí todos los días de un penoso semestre escolar. Encima de sentir tu tiempo perdido, de aguantar habladurías mal preparadas de maestros pretenciosos o novatos, de presionarte con tareas, lecturas y exposiciones, además de todo eso, vas a tener que aguantar esa cara frente a ti, revivir todos los "bonitos" recuerdos que llevas años tratando de olvidar; y peor aún, tal vez hasta tengas que convivir con esa cara. Muy pronto esa cara será también una voz, y traerá otras memorias y otro poco más de odio. En fin, toda una presencia perfectamente indeseable aunada a todas las desgracias del alumno de universidad pública que no es parte de la CUL. Demasiada bilis, señores, no es justo para el estómago. |
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
9:51 p.m.
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Huellas y charquitos
7 de septiembre de 2005
De bares y antros
| No soy el tipo de persona que frecuenta ya los "bares" citadinos, soy más chica de café y de raras fiestas particulares. Hace mucho que no entraba a uno de esos lugares donde la gente va específicamente a perder el sentido y un poco la identidad. No se confunda, es un lugar muy específico del que estoy hablando, no por el nombre o ubicación sino por las cosas que suceden ahí. Si uno tiene la suerte de llegar temprano, puede instalarse en el rincón, aquel desde el que se ve perfectamente como se va trasgiversando el ambiente. Siempre existe una semipenumbra en estos lugares, como advirtiendo al cliente que esta poca luz propiciará su estado alcohólico en cuanto salga del antro a enfrentarse con el alumbrado público. Poco a poco la multitud empieza a subir de nivel, como la marea sube en las grutas de la costa; de repente el aire se vuelve húmedo, casi se le puede ver. El panorama se convierte en una serie de cuerpos, o mejor dicho de cabezas y hombros, sin piernas ni pies; un conjunto difuso de cabezas sin rostro fijo, sólo uno que otro vestigio de un peinado extravagante o de lociones mareadoras. Zumbido de voces ininteligibles y por supuesto, música a todo volumen, mezclandose en el aire viciado, adornado de múltiples bocanadas que salen de aquí y allá para luego mezclarse en el techo. |
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
3:19 p.m.
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Huellas y charquitos
31 de agosto de 2005
Probando, probando
Esto parece ser el primer intento de algo en lo que muchos participan y otros tantos están en contra. Aunque no veo mucho caso en oponerse a algo tan inevitable como la difusión cibernética. En mi caso lo tomo como un desesperado intento de volver a escribir, sí, lo admito! Solía escribir mucho, tal vez puras pendejadas -porque no- pero por lo menos a un puñado de personas les parecía rescatable (cabe suponer que lo decían por compasión). Después sufrí una larga caída, suele suceder: bloqueo de escribidor. No me considero tan genial como Rimbaud o Rulfo para aventar la pluma e instalarme cómodamente en mi bloqueo a esperar la fortuna y fama con lo poco que he escrito. Aún sigo tratando de escalar fuera de este pozo (sin querer llegar a imágenes tipo "el aro"), por alguna razón las desgracias o miserias suelen ser denominadas agujeros, quizá por esta curiosa solidaridad con términos tan clichés como la oscuridad, la podredumbre, el encierro y cosas así. Quizá tengan razón, por mi parte hablo de pozo porque después de una caída tan dura y tan llena de lesiones de todo tipo, el camino de superación es bastante largo, me gusta pensarlo como en cuesta arriba. La luz, "el exterior del pozo", la salida o meta, es por supuesto la reconquista de mi misma, (jaja, aunque sé que suena cursi y de librodesuperaciónpersonal). También porque no quiero pensar que llevó tantos años de mi vida trabajando por pulir un talento que iba a durarme tan poco, o que tal vez, ni siquiera existió nunca. Por estas razones, en algún rinconcito de mi cerebro, tengo un pequeño deseo de que usted, mi querido ciberlector, nunca llegue a tropezar con este charquito reflejo de todas mis inseguridades diarias, más que nada por consideración a usted, que me supongo, valora su tiempo. Aunque de llegar usted, no deje de sentirse libre de dejar su propio charquito junto al mío, por lo menos como un souvenir de su presencia. |
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
12:47 a.m.
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