Buscando tus huellas,
marchita de espera
de repente sé
que no vas a llegar.
Te perdí en la lejanía
en tu infinita tristeza
más grande que cualquier corazón
más profunda que todos mis besos
Me perdí en la fantasía
en el sueño de ser
tu felicidad
y más bien me volví
otro fantasma en tu memoria
Nos pasamos la vida buscando
como ciegos
en cada rincón
bajo todas las piedras
entre todos los libros
dentro de bares y salones
con el corazón en la mano
y dos dedos de frente
a manera de escudo
o para no ver
ni sentir
la inminente caída.
Buscamos con avidez de hambriento
un refugio donde posar
la esperanza.
Donde aguardar que la certeza
sea menos hueca..
Para sentirnos seguros y
sembrar las gotas de sueños
que le restan al pesimismo
Esperando que crezcan
y curen todas las heridas.
27 de junio de 2009
ENCOMIENDA
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
9:37 p.m.
1 Huellas y charquitos
20 de abril de 2009
DICHOSO AQUEL
En que no se pensara
Más que en la cornisa iluminada
Para dejar un ramo de flores
Sin pensar cuántos seños fruncidos
Cuántas caras amargas
Si uno agrada o no
Sin pensar en la siempre presente
Posibilidad del fracaso
Y qué dichoso día ocupado sólo
En conseguir alas de terciopelo
Y clases de vuelo a ras de tierra
Para vivir flotando
Dejar que el soplo veraniego
Transforme los brazos
En papalotes azules
En circunstancias y coincidencias
Qué bello lavarse las manos
No lijarse la conciencia
Con la izquierda o derecha elegida
La tierra que tomaron las manos
No pensar
No sudar
No penar
Que arrepentirse y perdonar
Se fundieran en el equilibrio
Perdido en todas las bocas
Todos los rencores y cobardías
Dichoso sería
Sacarse las piedras y el mal deseo
De la espalda
El pasado del pecho
Las grietas de las palmas
Dichoso sería
Cerrar los ojos
No encontrarse en el mundo
Sino dejarse encontrar
Sin deber tantas lágrimas
Y huesos rotos
Al tiempo.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
4:50 p.m.
8
Huellas y charquitos
18 de marzo de 2009
El Pasado No Perdona
(Foto: Iván Holguín)Llama el piso después del tumulto cotidiano.
Se siente el clamor de la alfombra
bajo dedos mudos y viajeros.
En la soledad de la habitación
el aire estático es cómplice
de segundos que duran horas,
de silencios que no llegan
retrasados por murmullos de calle
y los latidos incansables
del pensamiento.
La cama, la silla, el librero,
hablan a voces polvorientas
de otras soledades compartidas,
cuando las palabras se volvían sombras
y las sombras suspiros.
Páginas no escritas salen del cuarto,
un temblor inmaduro restriega los ojos
y los vuelve tinta
en el papel de mi rostro.
Escribe en mis párpados
las cenizas de otros ojos
los guiños fugados de otras miradas
que en la presente quietud
se diluyen hasta formar espasmos.
La duda cae como hoja seca,
llena el cuarto con su aroma
a melodías tiesas, tacto suspendido
apresado en la imposibilidad.
Los besos no dados,
son savia de sueños perdidos,
nombres difusos
infinitamente lejanos,
que hacen de mi lengua arena
y de mi olvido, barro.
Las frases no dichas
son fruto marchito de principios
que entre exilios y fugas
nunca encontraron puerta.
Ahora todo se amontona,
se revuelve, se hace añicos
entre el mutismo y el polvo.
Se eleva hasta hacerse uno
con los rayos de sol
que apenas traspasan la cortina,
como si se trataran
de la calma distante,
aguardando
la rendición
a lo irreversible.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
4:27 p.m.
4
Huellas y charquitos
13 de enero de 2009
Atisbo de sinceridad
Y las palabras se me escurrieran
de labios insolentes
como partículas de aire
sin ver, sin sentir, sin querer.
Buscando sin embargo pintar
en mi grito el eco del tiempo,
el malestar prolongado
del silencio prisionero
en el fondo de las entrañas.
destruirían con miradas húmedas
cualquier resquicio de prudencia,
como gaviotas que en su vuelo
cargan el graznido inevitable
presagio de marea alta.
Si me vistiera el descaro
tendría con qué limar
la carroña sumergida en la piel
a través de los años,
tapiada por discreción,
por sonrisas resignadas
y caricias desiertas.
y desplegar en plena calle
su estruendo de campanas,
hasta quebrar las caras
de los paseantes sin rumbo,
robarles el alba con mi insomnio
de noches fingidas.
de una vez por todas saber
si en la mirada más solemne
y en el súbito golpe de verdad,
sólo asoma la vieja puerta
de la rutina indiferente,
el mismo tronco seco;
o si en la explosión
se encuentra realmente el atajo
empedrado de pequeños anhelos,
hacia el respiro.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
12:13 p.m.
1 Huellas y charquitos
13 de noviembre de 2008
Ruta de Mudos
Del camino se libera un silencio de vacío.
Fluye en la ausencia
el barullo mudo de otras banquetas,
la finitud de otras noches,
llenas de lunas roídas
por la incertidumbre
Como si de las puertas
se desprendiera un hueco
que transparentara esperanzas
y hubiera alguien que susurrara
que en cada esquina
el ardor del desaire queda impreso.
En cada farol se petrifica el aire
lleno de siluetas sin rostro,
dudas ya sin tiempo,
como si una mueca de verdad
se desprendiera de lo absurdo.
Que rara sensación
la de hallar en las sombras
la propia luz perdida.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
3:22 p.m.
4
Huellas y charquitos
2 de septiembre de 2008
Pendientes
colgando como viñedos maduros,
en sutil tintineo
de caricia ahogada
por la prisa de la rutina.
Los aretes se agitan y brillan,
lanzan un guiño a las miradas.
Gritan con lengua gris
y convocan una misa de reinas
en un cuello largo cual suspiro;
para abanicar perfumes de piel
a los fieles creyentes
de las cosas sencillas.
Qué elegancia transportan
en el regazo que adorna ideas
elevándolos
primero del barbarismo,
la vulgaridad,
hasta la realeza.
Cuánto oyen esos esclavos
colgando de un segundo oído,
parido con dolor a través de siglos
en aras de la belleza.
En secreto murmullo se deslizan
por las curvas de la quijada
enredándose en el cabello,
como si en la sonrisa del coqueteo
asomara un hueco de melancolía.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
4:01 p.m.
0
Huellas y charquitos
23 de junio de 2008
NOCHES DE VERANO /nuits d'été
y sus migajas de festejos agonizantes.
Reclamo este espacio para condenar tu ausencia.
Para que las palabras dichas no se ahoguen en el pasar de taxis,
en el mar de silencio que azota tu contrición.
La noche es mía, pongo mi bandera en cada semáforo perdido,
en un regreso sin ventana para entrar,
ni llave que perfore los muchos cerrojos de lo no ocurrido,
de lo que debió pasar.
Estas sombras, esta prisa, esta bruma que desvanece las casas
en un gris amarillento;
son exordio de una calma, que entre iglesias vacías se atora
y no atina a llegar.
Todo es mío, porque a través del calabozo de aire que es mi pecho,
ningún abrazo, ningún beso, ningún halago, me podrá estrechar así:
Con la libertad de una gota de lluvia no caída,
con la lentitud de las ramas sobre mi pelo,
con el eco de tu voz, atorado en la garganta,
como el viento húmedo que traspasa mis labios.
Lejos de ti, es este mi territorio, donde no aguardo falsas esperanzas,
donde no me azora el ceño fruncido de la duda.
Somos yo y las horas oscuras, frente a ti, piel de noche,
zorro merodeando en mis arterias, robándome el pálpito sereno.
Es mía esta noche, porque en su furia apagada soltaré mi concilio,
me dejaré abrazar en su intemperie,
muy lejos ya del desierto vasto de lo que no pasó entre tú y yo.
et ses miettes de festivités en agonie.
Je réclame cet espace pour condamner ton absence.
Pour que les mots dits ne se noyant pas dans le passé des taxis,
dans le mer de silence que frappe ta contrition.
La nuit est à moi, je mets mon drapeau dans chaque lumière perdue,
dans un retourne sans fenêtres pour rentrer,
ni clés qui peut perforer les verrous de ça que n’est jamais arrivé,
de ça que a du arriver.
Ces ombres, cette hâte, cette brume qui fait évanouir les maisons
dans un gris jaune ;
sont l’exorde d’un calme, qui s’obstrue dans les églises vides
et ne trouve pas façon d’arriver.
Tout est à moi, parce que à travers de la prison d’air qu’est ma poitrine,
aucun embrasse, aucun bise, aucun compliment pourra me serrer comme ça :
Avec la liberté d’une goutte de pluie sans tomber,
avec la lenteur des branches sur mes cheveux,
avec l’écho de ta voix bouché dans ma gorge,
comme vent mouillé en traversant mes lèvres.
Loin de toi, c’est ici mon territoire, où je ne dois attendre faux espoirs,
où je ne suis plus étourdi avec le sourcil froncé de la doute
Nous sommes, moi et les heures foncées, en face de toi, peau de la nuit,
renard qui maraude dans mes artères, en me volant la sérénité du cœur.
C’est à moi la nuit parce que dans sa fureur éteinte je sortirai mon concile,
je va me laisser serrer dans son intempérie,
très loin du ce désert vaste de tous que n’a jamais arrivé entre toi et moi.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
5:20 p.m.
5
Huellas y charquitos
14 de junio de 2008
Guarda Silencio /Reste en Silence
mientras la arena transgrede al vidrio
mientras los minutos hacen estallar
la última hoja.
Ningún sonido puede penetrar
en el instante de concilio.
La marea de principios
de esos que marcan el caos,
exige lentitud ahogada
y tranquilidad espesa;
como la bruma de aliento
que antecede un beso,
o el espacio de aire
donde los paracaídas
abren las alas
sin lograr volar del todo.
Los ríos huyen sin rumbo preciso,
en rumor monótono y disperso;
los días se elevan y caen fatigados,
uno detrás del otro.
Pero no hay que olvidar el instante
en que nace el agua marchita,
el momento justo en que luna y sol
se abrazan en batalla rosa-anaranjada,
desesperada y nostálgica.
No se deben perder los segundos
de sangre y absolución:
las manchas de la rutina
encubiertas e inesperadas,
que nos roban el respiro.
Porque en esos segundos,
irreconciliables y absolutos,
nada se puede hacer más que mirar
y guardar silencio,
mientras el tiempo
nos traspasa.
Reste en silence
tant que le sable dépasse le verre,
tant que les minutes faisant éclater
le dernier feuille.
Aucune sonne peut entrer
dans l’instant de conciliation.
La marée de débuts
qui marquent le chaos
exige lenteur noyée,
tranquillité épaisse ;
comme la brume d’haleine
qui anticipe un bise,
ou l’espace d’air où les parachutes
ouvrent les ailes
sans pouvoir voler tout a fait.
La rivière marche sans chemin précis,
en brouille monotone et disperse ;
le jour se lève et tombe fatigué,
un fois après l’autre.
Mais il faut ne pas oublier l’instant
de naissance d’eau étiolée,
le moment juste où lune et soleil
s’embrassent dans un battre
rose- orange, nostalgique
et désespéré.
Ne perdre pas les secondes
du sang, d’absolution :
les taches dans la rutine,
déguisées et inattendus,
qui nous volent la respiration.
Parce que dans ces secondes
irréconciliables et absolues,
on peut rien faire sauf regarder
et rester en silence ;
pendant que le temps
nous transperce.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
11:22 p.m.
1 Huellas y charquitos
18 de mayo de 2008
Naturaleza Viva

A veces dan ganas de ser el instante
en el que se abren las flores,
en el que cae la última hoja,
la salida del sol;
sólo para hacerse notar
entre el ramillete de guiños
a ver si al menos uno voltea.
A veces dan ganas de ser el viento
que oculta todas las caras
en el rincón oscuro de una bufanda,
de ser el rasguño de frío
que baja todas las miradas
y les obliga a sentir
un poco de vergüenza.
A veces dan ganas de ser la tierra
y embarrarse de todos los pasos;
para quedarse en un sólo lugar,
echar raíces y aprender de piedras.
Tomar con manos secas un zapato,
coleccionar tropezones,
besos de arena a la humillación.
Qué ganas dan a veces de ser un espía
como tantos entre la inercia y el olvido,
ser lo vivo dentro del ente mudo,
la vejez transparente de lo cotidiano
que escucha todas las rutinas
con la conciencia de cada aliento
y la luz de todos los ojos.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
8:33 p.m.
3
Huellas y charquitos
6 de mayo de 2008
Algunas huellas sin pies
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
4:38 p.m.
8
Huellas y charquitos
21 de febrero de 2008
No era miedo
A veces pasaba que, tras retorcerse la noche entera, el amanecer le traía un despertar intranquilo; pero, como si siguiera al borde de un peñasco, la impresión continuaba congelando de miembros hasta varias horas después. Cuando por fin lograba levantarse, era demasiado tarde para ir a trabajar, o a cualquier lado: se sentía demasiado incómodo del exterior, incluso de invitar a la vecina un café.
Por supuesto no hablaba de ello con los amigos, a sus 37 años aquel nocturno miedo al abismo no era nada sano para su vida social. Un par de veces trató el problema con reconocidos psicólogos. Sin embargo, la cosa no daba demasiado fruto:
-¿Qué imagina usted que pudiera estar provocando su molestia?
-No sé
-¿Cuándo niño tuvo usted algún trauma del que se acuerde?
-No sé
-¿Hay algún aspecto a enfrentar de su vida que le aterre?
-¡No sé!
Era difícil decidir quién terminaba más fatigado. Sobre todo cuando después de semanas de terapia, el psicólogo se recorría la sien sudorosa con el índice para llegar a la misma conclusión:
-Es complicado resolver su problema si usted no pone de su parte. Ahora que, si realmente no sabe qué puede estar ocasionándolo, lo único que puedo recomendarle es que continúe su terapia y pruebe dormir en el suelo.
Dormir en el suelo implicaba hacerle frente a la caída irremediable. Era como romper el hilo entre el vértigo y el abismo; enfrentar la oscuridad como si verdaderamente se tratara de un temor. Una noche que acomodó sábanas y cobijas en su alfombra azul, se volvió a repetir la misma plegaria: el ardid funcionaría si su conflicto tuviera algún parecido con pesadillas infantiles, con historias y canciones de niños que no podían dormir, pero lo suyo no era miedo. Miedo hubiera sido abrazar un cojín y fingirse protegido, miedo hubiera sido contárselo a todos y dormir en casa de un amigo diferente cada noche, miedo hubiera sido cambiar de colchón y poner ajos en la puerta, miedo hubiera sido más parecido a la locura. ¡Qué demencia lo convenció ahora de pasar la noche sobre el suelo polvoriento!
Sin embargo se recostó sobre su almohada a los pies del buró, sintió la alfombra áspera contra sus huesos y apagó la luz. Lo empezó a invadir algo que no era sueño. De afuera llegaban rumores de autos y el vago reflejo de faroles; sobre todo el rombo desvanecido de la luz de la luna escurriéndose por la pared e iluminándole medio cuerpo, mientras sus ojos permanecían abiertísimos. Se sentía inmensamente ridículo, doblegado a la oscuridad falsa de la noche citadina, rendido ante el vértigo que lo despojó de su cama. Y su cama… desde abajo tan imponente y alta, tan llena de metales por debajo que susurraban por un viento desconocido, rechinaban como si hubiera el peso de un cuerpo en la cama. De repente supo que lo que le invadía ya no era ningún tipo de temor, sino un presagio y se sintió de pronto tras la salvaguarda de un barandal; presentía incluso que su problema no tenía nada que ver con caídas.
Su respiración se mantenía tranquila, como aliviada de un peso. Los dedos se movieron despacio sobre la superficie rasposa, los murmullos de afuera fueron desvaneciéndose en espiral hacia un sonido uniforme, casi hipnótico. La semioscuridad debajo de la cama revelaba la sombra de una curva sutil, una cana de vejez en el colchón, un espejismo causado por una mirada un poco miope. El hombre hechizado se levantó poco a poco, un mareo hizo que su cabeza pesara más de lo normal cuando finalmente se puso de pie. Presa de una serenidad absoluta, como quien se sabe fuera de peligro, levantó los ojos hacia la cama: Acostado y pétreo yacía un cuerpo, con las manos cruzadas sobre el pecho, los párpados abiertos y sin ojos, la piel no era piel sino una corteza de momia; era él mismo. Sin inmutarse advirtió cuánto de féretro tenía la cama, cuánta pesadez de funeral albergaba la noche, de velorio vacío, de cuerpo presente. Suspiró con decisión, luego se acomodó de nuevo en el piso y durmió toda la noche.
Al día siguiente con ánimos renovados, se deshizo de la cama, instaló sobre la alfombra un agradable colchón circular y canceló su cita con el psicólogo. Si bien nunca volvió a tener problemas para dormir, tampoco fue capaz de contarle a nadie el episodio de aquella noche en que comprendió que todas esas noches y madrugadas de entropía, había sido el que se le había estado subiendo. Pero todavía más inexplicable, aún para sí mismo, fue la calma con la que a partir de entonces se recostaba en el suelo cada noche para conciliar el sueño más apacible, como sueño de niño... o de piedra.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
10:45 p.m.
1 Huellas y charquitos
11 de febrero de 2008
Reflets/Reflejos
Si j’arriverai à te montrer,
parfois je te trouve dans le miroir.
C’est comme si tu deviennes partie de mon reflet,
vissage de ma vissage,
la tache d’un bise sur mes lèvres
et l’arc de mes sourcils.
Moi, j’ai peur de tomber en souvenirs
et découvrir que j’ai besoin de toi
pour voir ma silhouette entière.
Si je trouve ta main sur chaque embrasse,
je me rencontre tes yeux brunes sur tous ceux
qui se rencontrent avec les miennes.
Les plus de temps, je ne me rends pas compte
que je marche sur les rues de ta voix,
comme si j’habite là depuis toujours.
Je ne suis jamais sortie de ces anguilles
qui marquent nos minutes.
Et si je n’ai jamais fui de ta peau,
est- ce que je marche dès ma partie
comme un morceau de toi ?
Je me demande si mon chemin
ne sera pas un circule de lettres et solitude,
fait seulement pour retourner avec toi,
sans haleine.
Comme quelqu’un qui après une longue guerre,
satisfait d’obscurité et doutes,
retourne chez-lui.
Si lograra hacerte ver
a veces te encuentro en el espejo.
Como si te volvieras parte de mi imagen,
rostro de mi rostro,
la mancha de un beso sobre mis labios
y el arco de mis cejas.
Temo caer en recuerdos
y descubrir que te necesito
para ver mi silueta por entero.
Encuentro tu mano en cada abrazo,
reencuentro tus ojos pardos en todos esos
que se cruzan con los míos.
Las más de las veces, no me doy cuenta
que camino sobre las calles de tu voz,
como si habitara ahí desde siempre.
No salí nunca de esas manecillas
que marcaron nuestros minutos.
Y si jamás huí de tu piel,
¿es que ando desde mi partida
como un pedazo de ti?
Me pregunto si mi camino
no será un ciclo de letras y soledad,
hecho solamente para regresar a ti,
sin aliento.
Como alguien que después de una larga guerra,
satisfecho de oscuridad y dudas,
regresa a su casa.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
11:44 p.m.
0
Huellas y charquitos
4 de enero de 2008
Ventana
uno no se espera
que al mirar por la ventana
se está irrumpiendo
en los murmullos del instante,
como quien se asoma
en la pantalla de la vida
buscando un pájaro muerto,
una cara quebrada
rebelándose a los ritos
del día a día.
Uno no se percata
al apoyar las yemas
sobre el cristal
que los rayos de luz
traspasan las uñas,
ese exterior de muros infinitos
se vuelve red de nostalgia,
hoja en blanco de quimeras;
y los ojos se estiran
como dos brazos
que como viento fallan
al querer asir el destino.
Es casi incontrolable
esa necedad del marco
de volverse caparazón
de tornar el hierro transparente
y ser el escudo secreto
de la realidad vuelta lluvia,
del miedo oscuro
a la incógnita
a esos otros ojos
que miran la vida hacia adentro
y se topan con el vacío
que provoca el encierro.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
2:52 p.m.
5
Huellas y charquitos
21 de diciembre de 2007
Por el bien del pez (más patadas bilingües)
“Y no os creáis capacitados para dirigir el curso del amor;
porque el amor, si os cree dignos de él,
dirigirá vuestro curso.”
Gibrán Jalil
Hay que pescar por el bien del pez
recogerlo de su montaña
goteando locura
posarlo entre
humo y realidad
besarlo hasta que
cada rastro azul grisáceo
se haya fugado de sus ojos
y en ellos quede
el verde traqueteo de los días
Hay que llegar al océano
donde las gotas saladas
escurriendo de dos manos
tejen la red que atrapa
el deseo mojado
de escamas secas
y pescar por el bien del pez
antes que las olas giren su curso
arrastrándolo lejos de la memoria
de bocanadas de aliento
y párpados invisibles
esos que permiten los sueños
entre mares de sábanas.
For the sake of the fish
for love, if it finds you worthy,
directs your course.”
Gibran Jalil
Fish for the sake of the fish
and from his mountain
pick him up dripping insanity
lay him down between
smoke and reality
kiss him until every
gray-blue trace of rain
runs away from his eyes
leaving in them
the green beating of days.
Reach the sea
where the drops of salt
tearing from two pairs of hands
sew the net that pulls out
the wet desire
from dried scales
and fish for the sake of the fish
before the waves turn around
dragging him from the memory
of gusts of breath
and invisible eyelids
those who allow his sleep
in oceans of sheets.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
11:32 a.m.
0
Huellas y charquitos
21 de octubre de 2007
La Patience est rouge/ La paciencia es roja
(Más bilinguadas)On reste toujours dans l'attente,
si seulement elle n'imposait pas
une oppression,
si elle n'était pas si récurrente
si déguisée, si évidente!
Il vaut mieux faire l'impatience
publique, et crier:
"Oui, je suis en train d'attendre!"
un ami, un bus, un amour,
une sortie, une vie...
peu importe.
L'essentiel, c'est l'interminable
danse des heures,
la nerveux compte des minutes
comme gouttes de sable
qui tombent sur les aiguilles
transformées en sang.
La lourde angoisse
de regarder partout
et de vieillir d'absence!
À la fin, on devient
la lettre écarlate de ce café,
de ce trottoir, de ce lit,
qui aussi nous regardent attendre
en essayant de nous serrer
dans leurs bises invisibles.
Il vaudrait mieux
que nous nous réjouissions
d'avoir un horizon
à attraper
et que je m'installe dans des rues froides
pour voir tranquille les érables,
jusqu'à ce que la marche des jours
oblige les passants
à suivre ce regard vers les branches
pour deviner,
après de longues congitations,
que j'attends la rouge
sourire d'automne,
que l'attente a une petite touche
de beauté cachée.
Peut-être en suite,
vont-ils s'asseoir à côté de moi
pour imaginer qu'ils attendent
quelque chose de certain.
Como siempre quedamos en la espera,
ojalá no impusiera una opresión,
ojalá no fuera tan recurrente,
tan disfrazada y tan obvia.
Tanto mejor hacer pública
la impaciencia y decir
"¡Sí, estoy esperando!"
un amigo, un camión,
un amor, una salida, una vida,
qué más da.
Lo importante es esa interminable
danza de horas,
ese nervioso contar de minutos,
como si fueran gotas de arena
que caen en las manecillas
convertidas en sangre.
Esa pesada angustia de mirar
hacia todos lados
y envejecer
de interminable ausencia.
Al final nos volvemos
la letra escarlata de ese café
de esa banqueta, de esa cama
que también nos observa esperar
procurando abrazarnos
con besos invisibles.
Valdría más regocijarnos
de tener un horizonte
por alcanzar,
instalarme en calles frías
a observar tranquilamente los arces;
hasta que el paso de los días
obligue a los transeuntes
a seguir esa mirada
hacia las ramas y adivinar,
después de largas congeturas,
que estoy sentada esperando
la roja sonrisa del otoño,
que la espera
tiene un toque de delicia oculta.
Y quizá después,
se sienten a mi lado
a creer que aguardan algo seguro.

Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
6:14 p.m.
8
Huellas y charquitos
15 de octubre de 2007
Primeras patadas bilingües
les rues de sel glacé sont le présage
pour retrouver cette solitude
dans laquelle je soutiens ta main
et me rencontre en sentant
l’haleine des ombres.
Je marche sur les minutes
Je trouve la musique
dans l’espace vide
entre ta respiration invisible,
toujours chaude dans la mémoire,
et la mienne faite de brouillard.
Toi, tu attends la mer,
depuis ta chambre obscure,
tu fais un effort pour me trouver
illuminé par la lune et des vieux désirs,
par le peau blanche des étoiles.
Nous deux sommes un soupir.
C’est la même fenêtre patiente
qui voit l’eau tomber sur les rêves,
qui voit la nuit exhumer des chansons
et qui reflète la recherche silencieuse
de notre chemin allumé dans le noir,
où restent les souhaits de chair.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
10:45 p.m.
3
Huellas y charquitos
10 de julio de 2007
Cadadaver Exquisito (entre músicos, poetas, historia y vino)
(Por Mónica, David, Julio y Beatriz)
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
1:41 a.m.
2
Huellas y charquitos
29 de abril de 2007
Un Olvido
“Y rogar un olvido tan grande que acabe... transformándome”
Jonathan Coe, La casa del sueño
Rogar que en herrumbre caigan palabras,
muerte de sílabas con estruendo de mar,
que caigan tus manos en lo desconocido:
alas quebradas en tierras sin aire.
Rogar que de tus sueños no escape mi voz,
que en estelas azules y rojas
perezcan todas las realidades
y se iluminen todas las sombras.
Rogar no ver en el negro tu silueta,
para que el azoro no me robe matices,
para que el suspiro no asfixie horizontes;
nunca más escuchar gritos en tus ojos.
Rogar para no ver desterrado mi pecho
en redes conjuradas en la ausencia,
en la incertidumbre de labios fugaces
reventados en el puño de la distancia.
Rogar que el beso de la amnesia
me devuelva el respiro y el perdón,
para ser manto de mi propio nombre
y recrear certezas en vacíos.
Rogar para ya no rogar
que de tus pasos salga mi refugio,
perder tu estela lejos, entre niebla;
huir de esperanzas
y desplegarme en otro cielo.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
10:02 p.m.
19
Huellas y charquitos
11 de marzo de 2007
OBERTURA
En esa primera vez
pareció no existir conciencia
de lo que tramaban.
La música, la tenue luz
opacada por humo de cigarros,
el ardiente sabor dulzón en la boca,
miradas veloces colándose
entre un paso de baile y otro,
todo comenzó a fusionar el tiempo,
hasta soltarlos en el estado
de absoluto impulso.
Seduciéndose los pies al unísono,
los aromas embriagaron las mentes
en el extravío:
el perfume de ella
expandido fugaz en un giro
el aroma de él,
ineludible:
sándalo desbordado en la habitación,
en el presagio de un comienzo
que tal vez no perteneciera al azar.
Las manos,
dragones luchando entre brasas:
un roce en el hombro,
un dragón en el cuello,
otro en la espalda,
lamidas de lagarto,
resplandeciendo en el cuerpo.
Se apresaron mutuamente,
entre escamas brillantes
y alientos candentes:
la apertura del deseo.
La gente se fue desvaneciendo,
algunos realmente partían,
la mayor parte se marchaba
sólo en la mente de esos dos
inmersos en su danza.
Al fin quedaron solos.
Si fue soledad verdadera,
o sólo su percepción
hastiada de voces
que desapareció al mundo,
eso ya no importaba.
En un rincón de luz deshecha
los dragones se movieron
tan lentos como amenazantes,
embistiendo hacia dos rostros
cada vez más cercanos.
El fuego se encendió en las mejillas
ante la música en declive
y el espacio dejó de existir.
Labios en llamas,
un torrente de humedad.
Entonces desapareció todo.
Ella despertó en su cama,
lejos de luces tenues y humo.
Pero el sándalo persistía
y el recuerdo de dragones,
fantasmas bailando sobre ella
y dentro de ella,
junto con las últimas palabras:
augurios fugaces
de eso que tramaban,
de eso que quizás
inició todo.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
6:19 p.m.
6
Huellas y charquitos
31 de enero de 2007
Agua fría
Al trabajo entonces. Se atora en el hombro la bolsa para tomar con la mano el portafolio, repasa una vez más la presentación de proyectos que se dispone a dar frente a demás compañeros de trabajo; es lunes. En general nunca se pone nerviosa hablando en público, así que la situación no provoca la menor emoción en ella. Cada principio de semana es exactamente igual desde hace tiempo, a excepción de ligerísimos cambios de humor, de clima, de ropa, de gente que choca con ella y caras que llaman su atención, diminutas particularidades como hoy ha sido la bufanda en su cuello.
Al subir en el metro nota un aroma peculiar, no demora mucho en ignorarlo: a veces la rutina está demasiado arraigada y bloquea todo sentido de reacción ante la sorpresa. La ciudad está llena de variedades ¿porqué le prestaría atención justo ahora a un detalle tan necio como un aroma? Los lunes la ciudad se levanta temprano, muchos tienen prisa por llegar a algún sitio y por ser los afortunados en caber dentro del camión o, como en este caso, metro; cuando se abre la puerta y un mar de gente sale y otro mar entra, lo que menos importa es si alguien huele a perfume o a cebolla, la urgencia es, ante todo, entrar y poco a poco resignarse a que la idea de obtener un asiento es algo inútil. Así que mejor uno se dedica a hallar el segmento más cómodo de tubo de metal para apoyar un brazo y evitar caerse.
Matilde, después de medio minuto de entradas y salidas fugaces, logra sostenerse y encontrar el espacio que le corresponde dentro del vagón, casi en medio del pasillo, a escasos metros de la puerta. Su mente siempre se relaja en este trayecto de veinte minutos hasta su estación, puede darse el lujo de pensar tonterías, de imaginarse una rutina diferente, con otra vida; otra Matilde durante esos veinte minutos. Esta vez empieza por levantar la mirada: frente a ella hay una mujer medio dormida cargando una bolsa de pan y a su lado un hombre de traje leyendo el periódico (de esos, a esa hora, al menos hay tres en cada vagón). De repente vuelve el aroma, su mente está tranquila ahora para recibirlo y descartar su irrealidad. Hay tantas personas, tantos olores, ¿porqué precisamente uno le llega con esa intensidad?
Entonces se da cuenta que lo conoce, tan bien como se conoce el olor de la carne asada, de los elotes hervidos, de los jazmines por la noche; es un aroma que ella reconoce como parte de su propia vida. Es un perfume fresco como de cítrico y al mismo tiempo agradablemente pesado, característica de un perfume de hombre. La mujer que lleva el pan finalmente se despierta, pues Matilde no se ha dado cuenta que inmersa en su concentración la sigue mirando. Corrige su error y decide espiar por encima de sus hombros.
Lento su cuello gira hacia la derecha, la puerta por donde entró: Un par de mujeres jóvenes, un limosnero con una guitarra, un niño llorando en brazos de su madre, un grupo de estudiantes. Regresa a la mujer del pan con una leve sospecha sobre aquel perfume, ella no lo entiende pero su mente bloquea toda posibilidad de que esa sospecha se convierta en certidumbre, sin querer creer que la casualidad pueda ser tanta; sin embargo, empieza a sentir pequeños trazos de temor en su pecho. Con mayor decisión voltea hacia la izquierda, como si supiera exactamente hacia dónde voltear. Cerca de la otra puerta hay un hombre y una mujer besándose, con los ojos cerrados y perdidos en un mundo-burbuja en el que sólo caben ellos, sólo ellos entienden. Sus manos se acarician devotos el rostro, el cabello, los brazos, la espalda. Todo es lento, tremendamente dulce, tremendamente cierto.
Matilde no acierta a parpadear. El aroma que seguía pertenece al hombre que clava sus labios en el beso, alguien con quien ha vivido durante casi dos años. Ella misma le regaló el perfume, piensa, y al mismo tiempo descubre que no reconoce esos labios, ni esas manos, a ella nunca la ha tocado así; y poquísimos segundos después corrige su descubrimiento: a ella nunca la ha amado así. Esta nueva certeza le provoca un escalofrío, sigue inmóvil pero ahora no puede evitar el primer parpadeo después del instante interminable. Sus pestañas exprimen una lágrima que se escurre hasta su boca abierta. Matilde, apresando el tubo de metal hasta dejarse las manos rojas, respirando apenas y con todo el cuerpo frío, siente que va a desmayarse. Los pulmones poco a poco van llenándose con un aire denso y frío, helio que infla el pecho como un globo, que en vez de volar provoca lágrimas tan saladas que van raspando las mejillas al descender y un dolor en el vientre que poco a poco va haciéndose más agudo, más parecido a un pedido de auxilio, un alarido de impotencia.
El metro se detiene, el beso termina pero las caras permanecen muy cerca, él toma a la mujer de la barbilla y murmura algunas palabras inaudibles; ella sonríe totalmente abandonada en la mirada del hombre, en la frase que se adivina fácilmente como un "te amo". Matilde ha visto suficiente, sale corriendo del metro, no importa si aún está a cuatro estaciones de la suya, ni siquiera piensa ya en llegar al trabajo. Tropieza mil veces antes de lograr salir casi gritando "con permiso, por favor", sin importarle que en su fuga el hombre pudiera percatarse de su presencia y correr tras ella para consolarla, o al menos tratar de explicarse aunque ya no sirviera de nada. No se puede explicar este tipo de desesperación, que se revuelve con esperanzas inútiles tratando de negarse a ver lo inevitable y que orilla a Matilde a detenerse a mitad de la escalera hacia la salida, sólo para ver que nadie corrió tras ella. El vagón se marcha con los dos amantes aún besándose y profesándose palabras tiernas.
No sabe cómo, su cabeza no funciona, pero regresa a su casa. La vista totalmente nublada de rímel y sal, la boca entreabierta que se niega a creer, a entender; el rostro pálido, las cejas declinadas, casi juntas: dos montañas a punto de caerse para dejar pasar un estruendo de mar. La bolsa y el portafolio se resbalan desde una mano casi inerte. Matilde se deja caer sobre el sofá, el estómago hinchado, el pecho casi sin aire, los ojos enrojecidos, el peinado deshecho. De pronto una pequeña explosión, la boca de Matilde se mueve en un susurro casi en silencio: "¿porqué?", y el volcán que contiene toda su desilusión, toda su tristeza, hace erupción estrepitosamente. Suelta a llorar, empapa su cara, sus manos, la habitación se llena de gemidos, su cuerpo se contorsiona lánguido, elegante como flor en declive. La cabeza no razona, sólo siente, se sabe perdida y recuerda todo lo que no volverá, particularmente eso que más va a doler extrañar. En un primer momento Matilde siente en su garganta el nudo, en su estómago la flama derritiendo como cera su estabilidad, el dolor inaudito del amor. Se desata toda la mentira, toda la tortura de un sentimiento tan grande volviéndose hueco y lúgubre, sin sentido. Poco a poco la flama del estómago quema lo suficiente como para detener en parte el llanto, el nudo sube hasta la cabeza: el coraje se abre paso de un modo tan fulminante que Matilde no puede contener un grito de rabia.
Acto seguido, correr al baño y aún llorando vomitar: la mente sabe cuándo activarse. Mientras tose y vacía el estómago, Matilde cesa de llorar, empieza, entre espasmos, a soltar la vergüenza, el engaño, la nostalgia, la cobardía, la locura impulsiva. Al terminar se siente más tranquila, la depresión se vuelve racional y se abre paso una ira metódica, un reflejo de supervivencia del corazón.
Después de eso Matilde se lava la cara, y empieza a pensar en la mejor forma de arrojar un cúmulo de ropa y muebles por la ventana; y sobretodo de echar por la coladera todo un frasco de perfume de hombre. Aquí decide si se avienta con la ropa o si mejor cambia la chapa de la puerta; finalmente la cabeza funciona y opta por ser fuerte, seguir el camino sabiendo que nada nunca será tan bello y perfecto en la vida como para no dar un cubetazo de agua fría de cuando en cuando.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
2:10 a.m.
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Huellas y charquitos






