6 de mayo de 2008
Algunas huellas sin pies
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
4:38 p.m.
8
Huellas y charquitos
21 de febrero de 2008
No era miedo
A veces pasaba que, tras retorcerse la noche entera, el amanecer le traía un despertar intranquilo; pero, como si siguiera al borde de un peñasco, la impresión continuaba congelando de miembros hasta varias horas después. Cuando por fin lograba levantarse, era demasiado tarde para ir a trabajar, o a cualquier lado: se sentía demasiado incómodo del exterior, incluso de invitar a la vecina un café.
Por supuesto no hablaba de ello con los amigos, a sus 37 años aquel nocturno miedo al abismo no era nada sano para su vida social. Un par de veces trató el problema con reconocidos psicólogos. Sin embargo, la cosa no daba demasiado fruto:
-¿Qué imagina usted que pudiera estar provocando su molestia?
-No sé
-¿Cuándo niño tuvo usted algún trauma del que se acuerde?
-No sé
-¿Hay algún aspecto a enfrentar de su vida que le aterre?
-¡No sé!
Era difícil decidir quién terminaba más fatigado. Sobre todo cuando después de semanas de terapia, el psicólogo se recorría la sien sudorosa con el índice para llegar a la misma conclusión:
-Es complicado resolver su problema si usted no pone de su parte. Ahora que, si realmente no sabe qué puede estar ocasionándolo, lo único que puedo recomendarle es que continúe su terapia y pruebe dormir en el suelo.
Dormir en el suelo implicaba hacerle frente a la caída irremediable. Era como romper el hilo entre el vértigo y el abismo; enfrentar la oscuridad como si verdaderamente se tratara de un temor. Una noche que acomodó sábanas y cobijas en su alfombra azul, se volvió a repetir la misma plegaria: el ardid funcionaría si su conflicto tuviera algún parecido con pesadillas infantiles, con historias y canciones de niños que no podían dormir, pero lo suyo no era miedo. Miedo hubiera sido abrazar un cojín y fingirse protegido, miedo hubiera sido contárselo a todos y dormir en casa de un amigo diferente cada noche, miedo hubiera sido cambiar de colchón y poner ajos en la puerta, miedo hubiera sido más parecido a la locura. ¡Qué demencia lo convenció ahora de pasar la noche sobre el suelo polvoriento!
Sin embargo se recostó sobre su almohada a los pies del buró, sintió la alfombra áspera contra sus huesos y apagó la luz. Lo empezó a invadir algo que no era sueño. De afuera llegaban rumores de autos y el vago reflejo de faroles; sobre todo el rombo desvanecido de la luz de la luna escurriéndose por la pared e iluminándole medio cuerpo, mientras sus ojos permanecían abiertísimos. Se sentía inmensamente ridículo, doblegado a la oscuridad falsa de la noche citadina, rendido ante el vértigo que lo despojó de su cama. Y su cama… desde abajo tan imponente y alta, tan llena de metales por debajo que susurraban por un viento desconocido, rechinaban como si hubiera el peso de un cuerpo en la cama. De repente supo que lo que le invadía ya no era ningún tipo de temor, sino un presagio y se sintió de pronto tras la salvaguarda de un barandal; presentía incluso que su problema no tenía nada que ver con caídas.
Su respiración se mantenía tranquila, como aliviada de un peso. Los dedos se movieron despacio sobre la superficie rasposa, los murmullos de afuera fueron desvaneciéndose en espiral hacia un sonido uniforme, casi hipnótico. La semioscuridad debajo de la cama revelaba la sombra de una curva sutil, una cana de vejez en el colchón, un espejismo causado por una mirada un poco miope. El hombre hechizado se levantó poco a poco, un mareo hizo que su cabeza pesara más de lo normal cuando finalmente se puso de pie. Presa de una serenidad absoluta, como quien se sabe fuera de peligro, levantó los ojos hacia la cama: Acostado y pétreo yacía un cuerpo, con las manos cruzadas sobre el pecho, los párpados abiertos y sin ojos, la piel no era piel sino una corteza de momia; era él mismo. Sin inmutarse advirtió cuánto de féretro tenía la cama, cuánta pesadez de funeral albergaba la noche, de velorio vacío, de cuerpo presente. Suspiró con decisión, luego se acomodó de nuevo en el piso y durmió toda la noche.
Al día siguiente con ánimos renovados, se deshizo de la cama, instaló sobre la alfombra un agradable colchón circular y canceló su cita con el psicólogo. Si bien nunca volvió a tener problemas para dormir, tampoco fue capaz de contarle a nadie el episodio de aquella noche en que comprendió que todas esas noches y madrugadas de entropía, había sido el que se le había estado subiendo. Pero todavía más inexplicable, aún para sí mismo, fue la calma con la que a partir de entonces se recostaba en el suelo cada noche para conciliar el sueño más apacible, como sueño de niño... o de piedra.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
10:45 p.m.
1 Huellas y charquitos
11 de febrero de 2008
Reflets/Reflejos
Si j’arriverai à te montrer,
parfois je te trouve dans le miroir.
C’est comme si tu deviennes partie de mon reflet,
vissage de ma vissage,
la tache d’un bise sur mes lèvres
et l’arc de mes sourcils.
Moi, j’ai peur de tomber en souvenirs
et découvrir que j’ai besoin de toi
pour voir ma silhouette entière.
Si je trouve ta main sur chaque embrasse,
je me rencontre tes yeux brunes sur tous ceux
qui se rencontrent avec les miennes.
Les plus de temps, je ne me rends pas compte
que je marche sur les rues de ta voix,
comme si j’habite là depuis toujours.
Je ne suis jamais sortie de ces anguilles
qui marquent nos minutes.
Et si je n’ai jamais fui de ta peau,
est- ce que je marche dès ma partie
comme un morceau de toi ?
Je me demande si mon chemin
ne sera pas un circule de lettres et solitude,
fait seulement pour retourner avec toi,
sans haleine.
Comme quelqu’un qui après une longue guerre,
satisfait d’obscurité et doutes,
retourne chez-lui.
Si lograra hacerte ver
a veces te encuentro en el espejo.
Como si te volvieras parte de mi imagen,
rostro de mi rostro,
la mancha de un beso sobre mis labios
y el arco de mis cejas.
Temo caer en recuerdos
y descubrir que te necesito
para ver mi silueta por entero.
Encuentro tu mano en cada abrazo,
reencuentro tus ojos pardos en todos esos
que se cruzan con los míos.
Las más de las veces, no me doy cuenta
que camino sobre las calles de tu voz,
como si habitara ahí desde siempre.
No salí nunca de esas manecillas
que marcaron nuestros minutos.
Y si jamás huí de tu piel,
¿es que ando desde mi partida
como un pedazo de ti?
Me pregunto si mi camino
no será un ciclo de letras y soledad,
hecho solamente para regresar a ti,
sin aliento.
Como alguien que después de una larga guerra,
satisfecho de oscuridad y dudas,
regresa a su casa.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
11:44 p.m.
0
Huellas y charquitos
4 de enero de 2008
Ventana
uno no se espera
que al mirar por la ventana
se está irrumpiendo
en los murmullos del instante,
como quien se asoma
en la pantalla de la vida
buscando un pájaro muerto,
una cara quebrada
rebelándose a los ritos
del día a día.
Uno no se percata
al apoyar las yemas
sobre el cristal
que los rayos de luz
traspasan las uñas,
ese exterior de muros infinitos
se vuelve red de nostalgia,
hoja en blanco de quimeras;
y los ojos se estiran
como dos brazos
que como viento fallan
al querer asir el destino.
Es casi incontrolable
esa necedad del marco
de volverse caparazón
de tornar el hierro transparente
y ser el escudo secreto
de la realidad vuelta lluvia,
del miedo oscuro
a la incógnita
a esos otros ojos
que miran la vida hacia adentro
y se topan con el vacío
que provoca el encierro.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
2:52 p.m.
5
Huellas y charquitos
21 de diciembre de 2007
Por el bien del pez (más patadas bilingües)
“Y no os creáis capacitados para dirigir el curso del amor;
porque el amor, si os cree dignos de él,
dirigirá vuestro curso.”
Gibrán Jalil
Hay que pescar por el bien del pez
recogerlo de su montaña
goteando locura
posarlo entre
humo y realidad
besarlo hasta que
cada rastro azul grisáceo
se haya fugado de sus ojos
y en ellos quede
el verde traqueteo de los días
Hay que llegar al océano
donde las gotas saladas
escurriendo de dos manos
tejen la red que atrapa
el deseo mojado
de escamas secas
y pescar por el bien del pez
antes que las olas giren su curso
arrastrándolo lejos de la memoria
de bocanadas de aliento
y párpados invisibles
esos que permiten los sueños
entre mares de sábanas.
For the sake of the fish
for love, if it finds you worthy,
directs your course.”
Gibran Jalil
Fish for the sake of the fish
and from his mountain
pick him up dripping insanity
lay him down between
smoke and reality
kiss him until every
gray-blue trace of rain
runs away from his eyes
leaving in them
the green beating of days.
Reach the sea
where the drops of salt
tearing from two pairs of hands
sew the net that pulls out
the wet desire
from dried scales
and fish for the sake of the fish
before the waves turn around
dragging him from the memory
of gusts of breath
and invisible eyelids
those who allow his sleep
in oceans of sheets.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
11:32 a.m.
0
Huellas y charquitos
21 de octubre de 2007
La Patience est rouge/ La paciencia es roja
(Más bilinguadas)On reste toujours dans l'attente,
si seulement elle n'imposait pas
une oppression,
si elle n'était pas si récurrente
si déguisée, si évidente!
Il vaut mieux faire l'impatience
publique, et crier:
"Oui, je suis en train d'attendre!"
un ami, un bus, un amour,
une sortie, une vie...
peu importe.
L'essentiel, c'est l'interminable
danse des heures,
la nerveux compte des minutes
comme gouttes de sable
qui tombent sur les aiguilles
transformées en sang.
La lourde angoisse
de regarder partout
et de vieillir d'absence!
À la fin, on devient
la lettre écarlate de ce café,
de ce trottoir, de ce lit,
qui aussi nous regardent attendre
en essayant de nous serrer
dans leurs bises invisibles.
Il vaudrait mieux
que nous nous réjouissions
d'avoir un horizon
à attraper
et que je m'installe dans des rues froides
pour voir tranquille les érables,
jusqu'à ce que la marche des jours
oblige les passants
à suivre ce regard vers les branches
pour deviner,
après de longues congitations,
que j'attends la rouge
sourire d'automne,
que l'attente a une petite touche
de beauté cachée.
Peut-être en suite,
vont-ils s'asseoir à côté de moi
pour imaginer qu'ils attendent
quelque chose de certain.
Como siempre quedamos en la espera,
ojalá no impusiera una opresión,
ojalá no fuera tan recurrente,
tan disfrazada y tan obvia.
Tanto mejor hacer pública
la impaciencia y decir
"¡Sí, estoy esperando!"
un amigo, un camión,
un amor, una salida, una vida,
qué más da.
Lo importante es esa interminable
danza de horas,
ese nervioso contar de minutos,
como si fueran gotas de arena
que caen en las manecillas
convertidas en sangre.
Esa pesada angustia de mirar
hacia todos lados
y envejecer
de interminable ausencia.
Al final nos volvemos
la letra escarlata de ese café
de esa banqueta, de esa cama
que también nos observa esperar
procurando abrazarnos
con besos invisibles.
Valdría más regocijarnos
de tener un horizonte
por alcanzar,
instalarme en calles frías
a observar tranquilamente los arces;
hasta que el paso de los días
obligue a los transeuntes
a seguir esa mirada
hacia las ramas y adivinar,
después de largas congeturas,
que estoy sentada esperando
la roja sonrisa del otoño,
que la espera
tiene un toque de delicia oculta.
Y quizá después,
se sienten a mi lado
a creer que aguardan algo seguro.

Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
6:14 p.m.
8
Huellas y charquitos
15 de octubre de 2007
Primeras patadas bilingües
les rues de sel glacé sont le présage
pour retrouver cette solitude
dans laquelle je soutiens ta main
et me rencontre en sentant
l’haleine des ombres.
Je marche sur les minutes
Je trouve la musique
dans l’espace vide
entre ta respiration invisible,
toujours chaude dans la mémoire,
et la mienne faite de brouillard.
Toi, tu attends la mer,
depuis ta chambre obscure,
tu fais un effort pour me trouver
illuminé par la lune et des vieux désirs,
par le peau blanche des étoiles.
Nous deux sommes un soupir.
C’est la même fenêtre patiente
qui voit l’eau tomber sur les rêves,
qui voit la nuit exhumer des chansons
et qui reflète la recherche silencieuse
de notre chemin allumé dans le noir,
où restent les souhaits de chair.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
10:45 p.m.
3
Huellas y charquitos
10 de julio de 2007
Cadadaver Exquisito (entre músicos, poetas, historia y vino)
(Por Mónica, David, Julio y Beatriz)
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
1:41 a.m.
2
Huellas y charquitos
29 de abril de 2007
Un Olvido
“Y rogar un olvido tan grande que acabe... transformándome”
Jonathan Coe, La casa del sueño
Rogar que en herrumbre caigan palabras,
muerte de sílabas con estruendo de mar,
que caigan tus manos en lo desconocido:
alas quebradas en tierras sin aire.
Rogar que de tus sueños no escape mi voz,
que en estelas azules y rojas
perezcan todas las realidades
y se iluminen todas las sombras.
Rogar no ver en el negro tu silueta,
para que el azoro no me robe matices,
para que el suspiro no asfixie horizontes;
nunca más escuchar gritos en tus ojos.
Rogar para no ver desterrado mi pecho
en redes conjuradas en la ausencia,
en la incertidumbre de labios fugaces
reventados en el puño de la distancia.
Rogar que el beso de la amnesia
me devuelva el respiro y el perdón,
para ser manto de mi propio nombre
y recrear certezas en vacíos.
Rogar para ya no rogar
que de tus pasos salga mi refugio,
perder tu estela lejos, entre niebla;
huir de esperanzas
y desplegarme en otro cielo.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
10:02 p.m.
19
Huellas y charquitos
11 de marzo de 2007
OBERTURA
En esa primera vez
pareció no existir conciencia
de lo que tramaban.
La música, la tenue luz
opacada por humo de cigarros,
el ardiente sabor dulzón en la boca,
miradas veloces colándose
entre un paso de baile y otro,
todo comenzó a fusionar el tiempo,
hasta soltarlos en el estado
de absoluto impulso.
Seduciéndose los pies al unísono,
los aromas embriagaron las mentes
en el extravío:
el perfume de ella
expandido fugaz en un giro
el aroma de él,
ineludible:
sándalo desbordado en la habitación,
en el presagio de un comienzo
que tal vez no perteneciera al azar.
Las manos,
dragones luchando entre brasas:
un roce en el hombro,
un dragón en el cuello,
otro en la espalda,
lamidas de lagarto,
resplandeciendo en el cuerpo.
Se apresaron mutuamente,
entre escamas brillantes
y alientos candentes:
la apertura del deseo.
La gente se fue desvaneciendo,
algunos realmente partían,
la mayor parte se marchaba
sólo en la mente de esos dos
inmersos en su danza.
Al fin quedaron solos.
Si fue soledad verdadera,
o sólo su percepción
hastiada de voces
que desapareció al mundo,
eso ya no importaba.
En un rincón de luz deshecha
los dragones se movieron
tan lentos como amenazantes,
embistiendo hacia dos rostros
cada vez más cercanos.
El fuego se encendió en las mejillas
ante la música en declive
y el espacio dejó de existir.
Labios en llamas,
un torrente de humedad.
Entonces desapareció todo.
Ella despertó en su cama,
lejos de luces tenues y humo.
Pero el sándalo persistía
y el recuerdo de dragones,
fantasmas bailando sobre ella
y dentro de ella,
junto con las últimas palabras:
augurios fugaces
de eso que tramaban,
de eso que quizás
inició todo.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
6:19 p.m.
6
Huellas y charquitos
31 de enero de 2007
Agua fría
Al trabajo entonces. Se atora en el hombro la bolsa para tomar con la mano el portafolio, repasa una vez más la presentación de proyectos que se dispone a dar frente a demás compañeros de trabajo; es lunes. En general nunca se pone nerviosa hablando en público, así que la situación no provoca la menor emoción en ella. Cada principio de semana es exactamente igual desde hace tiempo, a excepción de ligerísimos cambios de humor, de clima, de ropa, de gente que choca con ella y caras que llaman su atención, diminutas particularidades como hoy ha sido la bufanda en su cuello.
Al subir en el metro nota un aroma peculiar, no demora mucho en ignorarlo: a veces la rutina está demasiado arraigada y bloquea todo sentido de reacción ante la sorpresa. La ciudad está llena de variedades ¿porqué le prestaría atención justo ahora a un detalle tan necio como un aroma? Los lunes la ciudad se levanta temprano, muchos tienen prisa por llegar a algún sitio y por ser los afortunados en caber dentro del camión o, como en este caso, metro; cuando se abre la puerta y un mar de gente sale y otro mar entra, lo que menos importa es si alguien huele a perfume o a cebolla, la urgencia es, ante todo, entrar y poco a poco resignarse a que la idea de obtener un asiento es algo inútil. Así que mejor uno se dedica a hallar el segmento más cómodo de tubo de metal para apoyar un brazo y evitar caerse.
Matilde, después de medio minuto de entradas y salidas fugaces, logra sostenerse y encontrar el espacio que le corresponde dentro del vagón, casi en medio del pasillo, a escasos metros de la puerta. Su mente siempre se relaja en este trayecto de veinte minutos hasta su estación, puede darse el lujo de pensar tonterías, de imaginarse una rutina diferente, con otra vida; otra Matilde durante esos veinte minutos. Esta vez empieza por levantar la mirada: frente a ella hay una mujer medio dormida cargando una bolsa de pan y a su lado un hombre de traje leyendo el periódico (de esos, a esa hora, al menos hay tres en cada vagón). De repente vuelve el aroma, su mente está tranquila ahora para recibirlo y descartar su irrealidad. Hay tantas personas, tantos olores, ¿porqué precisamente uno le llega con esa intensidad?
Entonces se da cuenta que lo conoce, tan bien como se conoce el olor de la carne asada, de los elotes hervidos, de los jazmines por la noche; es un aroma que ella reconoce como parte de su propia vida. Es un perfume fresco como de cítrico y al mismo tiempo agradablemente pesado, característica de un perfume de hombre. La mujer que lleva el pan finalmente se despierta, pues Matilde no se ha dado cuenta que inmersa en su concentración la sigue mirando. Corrige su error y decide espiar por encima de sus hombros.
Lento su cuello gira hacia la derecha, la puerta por donde entró: Un par de mujeres jóvenes, un limosnero con una guitarra, un niño llorando en brazos de su madre, un grupo de estudiantes. Regresa a la mujer del pan con una leve sospecha sobre aquel perfume, ella no lo entiende pero su mente bloquea toda posibilidad de que esa sospecha se convierta en certidumbre, sin querer creer que la casualidad pueda ser tanta; sin embargo, empieza a sentir pequeños trazos de temor en su pecho. Con mayor decisión voltea hacia la izquierda, como si supiera exactamente hacia dónde voltear. Cerca de la otra puerta hay un hombre y una mujer besándose, con los ojos cerrados y perdidos en un mundo-burbuja en el que sólo caben ellos, sólo ellos entienden. Sus manos se acarician devotos el rostro, el cabello, los brazos, la espalda. Todo es lento, tremendamente dulce, tremendamente cierto.
Matilde no acierta a parpadear. El aroma que seguía pertenece al hombre que clava sus labios en el beso, alguien con quien ha vivido durante casi dos años. Ella misma le regaló el perfume, piensa, y al mismo tiempo descubre que no reconoce esos labios, ni esas manos, a ella nunca la ha tocado así; y poquísimos segundos después corrige su descubrimiento: a ella nunca la ha amado así. Esta nueva certeza le provoca un escalofrío, sigue inmóvil pero ahora no puede evitar el primer parpadeo después del instante interminable. Sus pestañas exprimen una lágrima que se escurre hasta su boca abierta. Matilde, apresando el tubo de metal hasta dejarse las manos rojas, respirando apenas y con todo el cuerpo frío, siente que va a desmayarse. Los pulmones poco a poco van llenándose con un aire denso y frío, helio que infla el pecho como un globo, que en vez de volar provoca lágrimas tan saladas que van raspando las mejillas al descender y un dolor en el vientre que poco a poco va haciéndose más agudo, más parecido a un pedido de auxilio, un alarido de impotencia.
El metro se detiene, el beso termina pero las caras permanecen muy cerca, él toma a la mujer de la barbilla y murmura algunas palabras inaudibles; ella sonríe totalmente abandonada en la mirada del hombre, en la frase que se adivina fácilmente como un "te amo". Matilde ha visto suficiente, sale corriendo del metro, no importa si aún está a cuatro estaciones de la suya, ni siquiera piensa ya en llegar al trabajo. Tropieza mil veces antes de lograr salir casi gritando "con permiso, por favor", sin importarle que en su fuga el hombre pudiera percatarse de su presencia y correr tras ella para consolarla, o al menos tratar de explicarse aunque ya no sirviera de nada. No se puede explicar este tipo de desesperación, que se revuelve con esperanzas inútiles tratando de negarse a ver lo inevitable y que orilla a Matilde a detenerse a mitad de la escalera hacia la salida, sólo para ver que nadie corrió tras ella. El vagón se marcha con los dos amantes aún besándose y profesándose palabras tiernas.
No sabe cómo, su cabeza no funciona, pero regresa a su casa. La vista totalmente nublada de rímel y sal, la boca entreabierta que se niega a creer, a entender; el rostro pálido, las cejas declinadas, casi juntas: dos montañas a punto de caerse para dejar pasar un estruendo de mar. La bolsa y el portafolio se resbalan desde una mano casi inerte. Matilde se deja caer sobre el sofá, el estómago hinchado, el pecho casi sin aire, los ojos enrojecidos, el peinado deshecho. De pronto una pequeña explosión, la boca de Matilde se mueve en un susurro casi en silencio: "¿porqué?", y el volcán que contiene toda su desilusión, toda su tristeza, hace erupción estrepitosamente. Suelta a llorar, empapa su cara, sus manos, la habitación se llena de gemidos, su cuerpo se contorsiona lánguido, elegante como flor en declive. La cabeza no razona, sólo siente, se sabe perdida y recuerda todo lo que no volverá, particularmente eso que más va a doler extrañar. En un primer momento Matilde siente en su garganta el nudo, en su estómago la flama derritiendo como cera su estabilidad, el dolor inaudito del amor. Se desata toda la mentira, toda la tortura de un sentimiento tan grande volviéndose hueco y lúgubre, sin sentido. Poco a poco la flama del estómago quema lo suficiente como para detener en parte el llanto, el nudo sube hasta la cabeza: el coraje se abre paso de un modo tan fulminante que Matilde no puede contener un grito de rabia.
Acto seguido, correr al baño y aún llorando vomitar: la mente sabe cuándo activarse. Mientras tose y vacía el estómago, Matilde cesa de llorar, empieza, entre espasmos, a soltar la vergüenza, el engaño, la nostalgia, la cobardía, la locura impulsiva. Al terminar se siente más tranquila, la depresión se vuelve racional y se abre paso una ira metódica, un reflejo de supervivencia del corazón.
Después de eso Matilde se lava la cara, y empieza a pensar en la mejor forma de arrojar un cúmulo de ropa y muebles por la ventana; y sobretodo de echar por la coladera todo un frasco de perfume de hombre. Aquí decide si se avienta con la ropa o si mejor cambia la chapa de la puerta; finalmente la cabeza funciona y opta por ser fuerte, seguir el camino sabiendo que nada nunca será tan bello y perfecto en la vida como para no dar un cubetazo de agua fría de cuando en cuando.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
2:10 a.m.
12
Huellas y charquitos
31 de diciembre de 2006
Feliz Todo
A veces es gracioso cómo le sorprenden a uno esos trillados sentimientos de depresión o soledad en el momento más inapropiado, con las personas menos indicadas. en el lugar más recóndito; ese que uno pasó horas eligiendo de entre mil recovecos antidepresivos en un mapa.
De repente es año nuevo y uno no piensa en suicidarse, uno no piensa en propósitos ¿para qué? para mediados de marzo esas ideas apocalípticas o inútilmente positivas se habrán esfumado ante tantos recortes de presupuesto o finales de semestre. La verdad es que una noche como cualquiera uno se reúne con quien se deje y se embriaga medianamente después de medio empacharse con las sobras de la cena de navidad.
DE repente es año nuevo y lejos de cualquier expectativa me encuentro reflexionando sobre las dobles caras de la vida, la cobardía de la humanidad, inmersa en apabullante tecnología y observando a sus fieles vasallos, a punto de cenar tanto con conocidos como extraños, decidiendo cuál será el mejor alcohol para echar a perder doce uvas. Es decir: no hay mayor sorpresa. No habrá una estrella nueva, no estallará de intolerancia el mundo, no se nos revelará la verdad divina a las doce con un minuto. No pasará nada, sólo nos embriagaremos como cualquier otro fin de semana o cualquier noche cuyo día sucesor lo permita.
LA verdad lo único que permite que un año nuevo exista son esos propositos o ideas suicidas que a nadie preocupan y que nadie cumple. TAmbién es una excelente excusa para regalar esos calendarios que se abultan en las tiendas, o un reloj: Para que a nadie se le olvide que hay un día como todos los demás en el que nos reunimos para celebrar que nada ha cambiado y pretender que somos nosotros quienes cambiaremos aprovechando que inventamos una celebración precisamente para ello.
No es que no me alegre, no es que esté sentada sola y miserable refunfuñando contra cuantos no se han comportado como yo lo hubiera querido. En año nuevo me llegan a la mente las decepciones, o por lo menos hoy así es, me llega a la cabeza el recuerdo de todos a quienes no voy a poder abrazar a medianoche, de súbito me percato que en pocas horas cenaré un platillo que no me gusta y que me deja un aliento tan intenso como horrible y que pocas horas después estaré lo suficientemente ebria como para olvidarlo todo. Es buena excusa para pensar que el tiempo humano de estos últimos 365 días fue tan pesadotraumáticotristísimo como maduradoractivoalegre; para saber que en mi tiempo, ese que no corre nunca y que no conoce la exactitud de manecilla, pasaron cien vidas de recuerdos. Tantos siglos para mí hacen que concluya que la mejor opción es que hoy, día para recordar todo, es mejor no recordar nada y perderse en la ilusión de ser otra persona, una sin más que recordar que su propio futuro, atascado de própositos de año nuevo que tal vez se cumplan... por casualidad.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
9:35 p.m.
10
Huellas y charquitos
11 de diciembre de 2006
Burocracia de artista

De repente le dio por no volver a pensar, descubrió que las ideas corroían su imaginación y no le dejaban crear con libertad: No podía pintar sin ahogarse en la reflexión absurda de si alguien ya habría pintado lo mismo; no podía escribir poemas sin preguntarse si tendrían (o deberían tener) algún sentido político, ya había escuchado que el escritor no puede mantenerse cómodamente fuera de alguna tendencia, ¿a quién estaría ofendiendo esta vez? Los poemas, terminaban siendo una larga carta de disculpa previa a cualquier ofensa, pero ésta se había esfumado en el olvido, quedando muy atrás de tantas preocupaciones absurdas que ahora enterraban para siempre la genial metáfora que, para empezar, lo había puesto a escribir.
Ya no más. Basta de raciocinio inútil, el verdadero artista debe aprender a dejarse llevar por los infortunios con la sonrisa más ingenua (porque será fuente de inspiración), a no preguntarse nunca si su genialidad es realmente única o especial; sólo saber que un buen día se levantó de la cama con la melodía más hermosa, la fotografía más sensible, el cuento más gracioso, pegado en el cuerpo como si fuera una lagaña raspando los párpados. Dejarse guiar por el impulso de retirarla del sistema y soltarla al mundo para que la juzgue como mejor le plazca ¡A quién le importa la crítica o las estúpidas reglas de la estética! Lo importante es dejarse drogar por la ventura, fumársela toda hasta toser y morirse de la risa pensando en lo fácil que es el libre albedrío cuando uno se guía por la pura belleza de sentirse flotando entre circunstancias.
Por supuesto, no está nada mal eso de no pensar -pensaban los demás-, pero entre circunstancia y circunstancia tampoco se puede dejar de lado las rutinas de pensador. Bañarse todos los días por ejemplo, uno puede divagar medio pacheco por la vida pero de vez en cuando es necesario voltear y atender la higiene personal: ya no lo dejan exponer a uno en cualquier galería vestido con harapos y oliendo severamente a perro mojado. También el artista come, y no cualquier cosa. Tampoco es posible dejar de pensar de manera absoluta porque las demandas por plagio, la mayoría de las veces injustas, ya han salido caras. Además siempre hay que pensar detenidamente qué decir al presentarse en una editorial aspirando que a uno le publiquen un libro y por ende resuelva el asunto de la comida.
Igual, dejar de pensar es la mejor opción. Aunque el mundo ya nunca estará hecho para dejarse caer tranquilo en el estado comatoso de la emoción. Es un hecho, ahora el artista se predispone a todo, es el artificio de una quizá no tan buena idea que lo mantuvo célebre el resto de su vida, encadenado para no volver a flotar.
Ya no hay soñadores sólo papeleo.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
10:22 p.m.
7
Huellas y charquitos
24 de noviembre de 2006
Dos horizontes

Después de siglos volvimos a encontrarnos
y en mi mente surgió la flama
que encendió mil nuevas sonrisas;
otra vez nos rodea una primavera de palabras.
Despacio se deja caer el peso de nostalgia
que enredaba mis cuerdas vocales
llenándome de silencio los labios,
de impotencia los dientes,
me acariciaba la lengua seca
y me humedecía los ojos de tenue locura.
Ahora se liberan los alaridos,
que del corazón parten volando libres
convertidos en susurros-mariposas.
La lengua petrificada vuelve a moverse,
a danzar entre dos bocas perdidas
que se aferran a puño y espada
para ya no caer en el olvido.
Y tal vez ser, después de todo,
dos horizontes de un mismo paisaje
o al menos del mismo amanecer.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
1:30 p.m.
6
Huellas y charquitos
8 de octubre de 2006
Esos otros sentires
Intentaré transportar mi enredadera de palabras hasta tu lengua
a ver si así te empañas con su sabor y lo guardas en tu mente
Trataré que este agujero no sea tan grande
Para que ya no temas hundirte en su profundidad.
Te diré lo que pienso,
para que palpes el humo del sonido
y descubras que las ideas también tienen color.
Cierro los ojos y llega un roce,
volteo: una mirada me llena de rubor,
un beso en mi frente; ya no temo tus pupilas:
las miro hasta ver lo que hay del otro lado.
No es una crónica de un momento presente,
porque después se acercó un beso: el fin de un recuerdo.
Podría decirte lo que siento, pero no lo verás como yo,
a menos que quieras evocar también.
Por eso entraré en tus sentidos
para recordarte las cerillas de cada momento
en que hice arder tu corazón,
para que sientas cómo aún tengo quemaduras en los dedos,
porque mis manos también tienen memoria.
Ya no intentaré decirte lo que pienso,
mejor piensa tú, quizá así dejes de esperar
y te des cuenta que del recuerdo depende tu presente
y que en él yo sigo,
esperando te percates que como yo
tienes los dedos quemados.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
11:34 p.m.
10
Huellas y charquitos
13 de septiembre de 2006
El Mal Agüero y sus Soluciones
Me dirijo a la fuente de energía. No es la actividad más emocionante, ni el momento más apasionado de mi trabajo; al menos después de cambiar unos cables de la sección de cines podré irme a casa y dejar el turno al velador de la tarde. Parece que fue el de la compañía de luz, que al checar el estado del equipo arruinó unos cables. Todo el tiempo pasan estas cosas, no sé qué diablos harían sin mí. Llego al cuarto, un hedor a humedad bloquea mis sentidos un instante, pero también a eso estoy acostumbrado. Hay que bajar la palanca de energía un momento, revisar los centros de carga y tal vez cambiar unos cables; cuestión de segundos y todo vuelve a la normalidad. Bajo la palanca y el cuartito queda en tinieblas, saco mi lamparita, la cual me doy cuenta debí recargar antes pues parpadea. El centro de la sección uno está perfecto, sigo con mi corta visión el cable que lo une con el centro de carga de la sección dos y localizo los cables quemados. Corto cables y busco en mi bolsa de herramientas los repuestos y la cinta de aislar. Todo parece estar en orden. Me dispongo a reactivar la energía, jalo; al tiempo que se enciende la luz se escucha una ligera explosión dentro del centro de la sección uno. Con fastidio me percato que corté los cables equivocados, culpa de la mierda de lamparita. La luz vuelve a apagarse, olor a quemado y de pronto un estruendo de turbinas llega de afuera, silencio y en segundos empiezan los gritos. No termino de salir de mi petrificación, cuando empiezo a digerir lo que ha sucedido. Al tiempo que sube un fuego de mi estómago hacia mi pecho, advirtiéndome de una inminente gastritis, estoy casi seguro que mi corazón se detuvo para dar paso a una ráfaga de semi-certezas que azotan mi cerebro conforme voy comprendiendo hasta qué punto acabo de cagarla. Ante todo se presenta la cara desagradable de mi jefe degradando mi puesto, otros tres años encerando el piso antes de volver a conseguir un ascenso; mi esposa mandándome a dormir al sofá porque nos van a quitar el apoyo escolar para los niños; los desgraciados niños burlándose de mí porque saldré otra vez todos los días con mi ridículo uniforme café-cartón de conserje con el que parezco barril. Reacciono, dentro del centro comercial hay una ferretería, sólo tengo que correr a pedirle al encargado dos fusibles extras y todo estará salvado. Dando tumbos logro salir del cuarto para encontrarme con una penumbra de boca de lobo y el sonido enloquecedor de pisadas de cientos de clientes tratando de salir, gritos, vidrios rotos. ¡Maldita sea mi suerte! Seguro ya empezaron los motines, ahora ni de recogedor de basura me van a contratar, ni en este ni en ningún centro comercial a tres ciudades a la redonda. Empiezo a sudar frío de la conmoción, pero atino a darme un golpe en la sien y empezar a correr por la oscuridad: es la única forma de salvar el empleo, carajo ¡hasta el matrimonio voy a perder por esta estupidez! No todo está perdido, a ver, la ferretería está al fondo del pasillo B, local 213 ¡Ya está! Vamos, conozco este lugar de memoria, no necesito de luz para hallar mi camino...Tropiezo con algo, o más bien alguien porque siento una mano como culebra merodeando mis pantalones por la zona de la cartera. Pego un grito y me dispongo a continuar la empresa cuando siento un golpe tremendo en mi pie derecho. No tengo más opción que agacharme y sobar el área, por el tacto adivino que alguien del segundo piso está arrojando macetas. Esto se pone peor, la siguiente imagen en mi cerebro es un mes de cárcel por causar actos anarquistas. Así, cojeando patéticamente y tropezando cada dos pasos, con todo el cuerpo adolorido, después de 20 minutos logro llegar a la mentada ferretería; que por supuesto, está vacía y a oscuras. Palpo todo lo que encuentro en las paredes, buscando una caja mediana que contenga algo redondito: tornillos, rollo de cable, desarmadores, ¡fusibles! -¡Lo tengo!- grito victorioso. Sólo falta correr y más moretones hasta la fuente de energía. Casi al llegar tropiezo con una señora y me corto la ceja con unos vidrios, mi hazaña no podría ser más heroica, estoy seguro que aún no pasa una hora, aún puedo salvar mi empleo. Abro azotando la puerta, respiro con satisfacción la humedad y con dedos ciegos y temblorosos reparo los cables, cinta de aislar, me quemo los dedos sacando los dos fusibles arruinados, instalo los nuevos, contengo la respiración y subo la palanca de energía. Otra vez el estruendo de turbinas y mi corazón vuelve a la latir. Abro los ojos: de nuevo hay luz. Ahora sólo hay que encontrar la forma de culpar al velador de la tarde. |
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
6:06 p.m.
1 Huellas y charquitos
15 de junio de 2006
UN SEGUNDO DESPUÉS DE MORIR
| Se abren las Puertas del Infinito. Una brisa otoñal cabalga sobre rostros recién llegados, desplegando coronas de cabello hacia el lado opuesto del destino. Un paso lento tras otro, cada uno abruma de inspiración. La existencia se acaba por momentos, instantes que jamás se repetirán de la misma manera. La Puerta se cierra tras miles de espaldas iluminadas por el brillo de las ideas; nada se ve: el mundo es demasiado puro para mancharlo con el color de la carne. Una mano se adelanta pretendiendo ser bienvenida en un mundo extraño. De repente la luz se apaga, quedan velas en un parpadeo inconcluso. Sigue todo borroso, pero la pureza ha acabado, sólo queda el viento. La existencia se apaga en su totalidad, quedan almas desnudas irradiando sentimientos reprimidos. En eso las ánimas comienzan a divagar en su nuevo existir, a divulgar su propio mundo. Ahí donde ya no habrá gris cenizo inundando sus corazones de grava, con gran cautela, con tal quietud, que sólo se siente el peso cuando se está ante las Puertas del Infinito, ante el Silencio. |
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
8:15 p.m.
18
Huellas y charquitos
20 de abril de 2006
Tanteos nocturnos
Ya no pienses, busca. Algo encontrarás en los rincones del inconsciente. Recorre, escarba, ilumina trasfondos, arranca velos. No lleves cuenta de tus pasos, no te fijes por dónde; no te puedes perder. No te detengas, ni voltees a ver la sangre si tropiezas, sigue. |
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
5:13 p.m.
6
Huellas y charquitos
16 de febrero de 2006
¿Porqué no tengo novia?

Tratamos de hablar. Lo aguanté largamente escupiendo en mi cara cada vez que pronunciaba la "f" y la "s", dándome de nuevo razones estúpidas. Cada vez que llega tarde me encoge un poco. Es aún peor cuando se distrae para mirar a la chica atractiva que de cuando en cuando pasa por su lado; aunque tenga caras distintas, cuerpos distintos, siempre es la misma: se llama "Perfecciónquenotengoyo", aparentemente él tampoco la tendrá nunca. Hay un límite para llegar tarde, para mirar nalgas, para mentir; siempre lo hay, tal vez a partir de hoy no lo volveré a tolerar.
Ella no entiende (ni nunca entenderá), lo difícil que es tenerla contenta. Ya casi nunca está contenta de hecho. ¿Pero qué quiere que haga? Sí, soy impuntual, tal vez no lo sería tanto si ella no escogiera precisamente las horas de nuestras citas temprano en la mañana o justo en medio del único programa de televisión que verdaderamente disfruto ver. Qué importa si es un programa estúpido y no me deje nada, he crecido con él y no pienso perdérmelo siempre sólo por llegar al cine a ver una película que en realidad no quiero ver, o a sentarme en un café a ver pasar gente. El colmo es que me recrimine que vea demasiado a algunas de esas personas que pasan.
A veces pienso que nunca podremos llegar a comprendernos. Siento como si odiara hacer lo que yo quiero hacer pero él nunca propone nada. Si tanto le gustan esas otras que pasan debería irse con una, estoy segura que esa también terminará por llevarlo al café o al cine, o peor, le hará gastar dinero e ir por ella todos los días a su casa. Más bien debería agradecer que yo no soy tan interesada, que lo quiera tal y como es (excepto por esa ligera lluvia de baba cada vez que habla con prisa).
A fin de cuentas ¿qué demonios quieren las mujeres de los hombres? Al principio todo era miel, hasta logré que disfrutara besarme a pesar de mis braquets. Podíamos hablar de cualquier cosa ¿o no? Realmente la única diferencia entre ser novios y amigos era el sexo. Pero ahora ni siquiera eso sucede sin que haya alguna recriminación. Como si me equivocara en todo maldita sea, ahora ya no hablamos de nada que no sea la idiotez que cometí en algún momento del día. Tampoco podré entender nunca cómo es que las mujeres logran decir tanto en tan poco tiempo: me da unos cuantos segundos de pausa para responder a sus reclamos de horas y por supuesto, con lo poco que se me ocurre bajo tanta presión, sus labios aumentan al triple su velocidad en el siguiente tiroteo lleno de furia porque respondí puras incoherencias.
Me acuerdo de los primeros días: se hacía el difícil, me hacía la difícil. Qué delicioso era el coqueteo, ojalá nos hubieramos quedado ahí para siempre: rozando nuestras manos, mirando uno al otro sin que se diera cuenta, luego el cruce de nuestras miradas tan repentinamente que no nos daba tiempo para descubrir el exceso de segundos que habían pasado sin apartar los ojos de sus ojos. ¡Esa mirada! Tan capaz de desnudarme, de traspasar mi cuerpo y escrutarme el alma, por lo menos así se sentía. ¿Porqué ahora ni siquiera puedo recordarla con exactitud? ¿Será que hace tanto tiempo que no me mira así? Pero así mira a las otras. Malditas sean, a ver si la que sigue le aguanta que vea "Gilmore girls" todas las tardes.
Me acuerdo que al principio antes de reclamarme porqué llegaba tarde, me preguntaba qué había pasado, con esa carita de preocupación tan bella que sólo las mujeres son capaces de hacer. Hasta se interesaba por mis anécdotas de lo que había hecho antes en el día y lo que me molestaba de algunas personas que se cruzaban conmigo. Algunas veces hasta se olvidaba de que estaba molesta, incluso olvidaba el café, el cine, podíamos sentarnos en cualquier plaza o caminar por las calles, entre la gente extraña, sin callarnos y sin dejar de oírnos. No había más que ella, más que su plática en el aire y en el mundo entero. Mis amigos se burlaban mucho de mis cambios de voz cuando ella era parte del tema de conversación, en el fondo tenían un poco de envidia porque yo estaba enamorado... Cursi de mí. Ahora que la oigo gritarme (otra vez) empiezo a comprender porque mi amigo Jaime (el que dibuja comics) siempre dibujó a mi novia con un látigo en la mano.
Lo que fue el colmo fue cuando me llevó a ese bar apestoso a conocer a sus amigos. Me dejó hablando con el más bruto, mientras él se iba con otros dos a ver quién sabe qué revistas. ¿De veras no se darán cuenta los muy idiotas de lo incómodo que es ser la única mujer en una mesa y que el tema de conversación sea el escote de la mesera? ¡Ah! No sé qué me impidió ahorcarlo ese día, aunque se mantuvo callado todo el tiempo, estaba viendo también a la mesera; y luego a mí, como si yo no me fuera a dar cuenta. Por supuesto que no íbamos a volver a salir con ellos y mucho menos al bar con la mesera del escote. ¿Qué tiene de malo que a mí me guste ir al cine? Hasta me dio risa cuando se enojó porque sonreí en una película cuando salió el trasero de Antonio Banderas ¿creyó que no noté que el estaba viendo los senos de Angelina Jolie?
El único día que yo propuse el lugar, se puso como furia porque mis amigos son demasiado sinceros. Cuando lo volví a proponer, con toda la intención de demostrarle que el lugar era bonito para estar solos y platicar, se molestó y se puso a llorar reclamándome que yo sólo quería ir por la mesera. Con lo rápido que se puso a hablar no me dejó ni decirle que la tal mesera es mi prima segunda, pero nos caemos demasiado mal como para saludarnos en público. ¡Está bien! Me gusta voltear a ver a las mujeres, me gusta como caminan y pues sí, soy hombre, ella no se tapa los ojos cuando ve pasar un hombre guapo. Lo malo es que cuando me atrevo a decir mis argumentos se pone a llorar y entonces sí no sé ni que hacer, luego dura demasiado, me aburro (¡no puedo evitarlo!) y pues...empiezo a ver otra vez a la gente alrededor, entonces ella llora más fuerte. Me dan unas ganas de echar a correr cada vez que hace eso. Aunque me duele verla llorar, ojalá pudiera hacérselo saber de algún modo que no representará tanta complicación.
Pareciera en verdad que no me conoce. ¿No sabe que odio que llegue tarde porque siento que ya se olvidó de que estoy esperando? Por mi cara todos se dan cuenta, creen que "alguien" me dejó plantada y la gente empieza a verme raro. Es tan obvio, él sabe que soy muy sensible, debería suponer lo que siento cada vez que tengo que esperarlo más de quince minutos. Ya ni siquiera tengo ánimos de verlo cuando llega, sólo me dan ganas de echarle en cara todo el sufrimiento que me hizo pasar y explicarle qué humillante es que la dejen plantada a una. Él no contesta nada, por lo menos nada que tenga que ver, me da excusas y cuando las oigo enloquezco y recuerdo, como un suspiro, como un ligerísimo piquete en los brazos, cómo antes no pasaba esto, lo que se sentía verlo llegar. No puedo evitar que se me salgan las lágrimas de los ojos, ¡cuánto lo odio! no sabe, no ve que mi llanto es un grito claro y fuerte de que necesito que me abrace fuerte y me diga lo estúpido que es pelear todo el tiempo, que en el fondo nos queremos más que al principio ¡No! En vez de eso se desespera y empieza a sudar, me da palmaditas en los hombros como si fuera uno de sus amigotes; y luego ¡se harta y empieza a ver alrededor otra vez! ¡Es para matarlo!
Mis amigos tienen razón: No tengo porqué dejar que me grite todo el tiempo. No tiene ni caso explicarle nada, de todas formas me seguirá gritando porque estoy harto de ir siempre a los mismos lugares. Ya no quiero pasar por lo mismo porque sé que no voy a saber qué contestarle. Será mejor terminar con ella y esperar que el destino no sea demasiado cruel y no me haga esperar demasiado en celibato y castidad. La verdad no me gusta estar solo, ¿ y para qué negarlo? voy a extrañar estar así con ella, se ve tan linda dormida. Pero todo es cosa de que despierte y salgamos del cuarto para que todo se arruine y se empiece a quejar por todo y yo no entienda nada. Nunca me voy a acostumbrar: todas las mujeres son iguales.
¿Y si justo ahora rompo a llorar qué va a hacer? Seguro se harta y me deja por otra el muy ingrato. Si ya sé que nunca ve todo lo que hago por él: cuánto lo he esperado sola, cuánto tardo planeando nuestras salidas o alguna conversación, cuánto me esmero en elegir mi ropa y arreglarme para que no pueda quitarme la mirada de encima y no tenga que mirar a nadie más. ¿Será tan idiota para no adivinar que a veces sólo me bastaría que me dijera que le gusto y que me quiere? Pero no se lo voy a decir, si no se dio cuenta él solo del porqué me enojo y lloro es porque no le importo, ni me conoce. Y por su culpa vamos a terminar justo hoy: porque es un bruto y sólo le importa el sexo. La verdad todos los hombres son iguales.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
12:38 a.m.
10
Huellas y charquitos
16 de enero de 2006
A donde vamos todos

Hay un lugar perdido de todo tiempo y espacio,
es tuyo, de nadie más; pero yo podría imaginarlo.
Es una colina verde como sólo las conocen los viejos escoceses,
floreado de rosas y jazmines, con grandes robles y pinos
sombreando cada cabaña de madera.
El viento perfumado trae cada hora una melodía:
Bach en las mañanas
Beethoven por las tardes
y al anochecer, cuando despunta la melancolía
cae Chopin junto con recuerdos vueltos lágrimas.
En las madrugadas, el canto de las golondrinas te impide dormir,
les compartes segunda voz tocando flamencos en tu guitarra
y las notas vuelan lejos de tu propia estancia tibia, hasta posarse
en las camas de quienes te acompañan en tu colina: primos, padres, amigos
que desde el sueño a punto de morir sonríen,
ya no tienen porqué extrañarte, ahora estás con ellos,
te tomaron de las manos llevándote hasta ese sitio donde te ayudan
a que paso a paso vayas creando cada mañana.
Pero esas notas viajan más lejos, hacia el tiempo, hacia lo gris,
penetrando en los oídos de los que visten de negro, los que todavía te añoran;
escuchan agitarse los ecos de tus cuerdas y se vuelven opacos sus rostros.
No imaginan tus cabañas sumidas en el pasto húmedo,
ni tus labios con aliento a chocolate, exhalando humos de tabaco exquisito,
sonriendo, siempre sonriendo, ya no hay dolor ni cadenas, la fe existe.
Entre voces de soprano y paisajes divinos, nadie se imagina que también a ti
alguna tristeza acongoja, varias caricias se ausentan de tu corazón,
te hacen estar incompleto en plena cúspide de tu dicha.
En esos momentos solitarios con el sol desapareciendo entre tus montañas,
entre sorbos de expresso te sientas y aguardas.
Esperas no aguardar demasiado, esperas de nuevo esas manos sobre las tuyas
labios con labios y pasteles tostados; risas y cuentos de aventuras,
tantas pupilas que no pueden verte, tantas caricias que no puedes dar.
Te quiero imaginar sonriente, esperando completarte,
mientras yo visto oscuro, entre bocanadas escucho tu voz, entre un suspiro y otro,
entre vagos recuerdos, escurre una lágrima
para que sepas que yo también te espero.
Charco de
Beatriz Pimentel
a la/s
5:00 p.m.
5
Huellas y charquitos








